MIS COSAS DE JACA

Estas páginas van destinadas a todas aquellas personas que quieren a su ciudad, como me sucede a mí con la mía, Jaca. Hablaré, pues, de “mis cosas” esperando que alguna de ellas pueda ser también la tuya o, sencillamente, compartas mi afición por “colarme” entre el pequeño hueco que separa la memoria de la historia, lo general de lo particular o lo material de lo inmaterial. Estas “cosas de Jaca” están construidas a base de anécdotas , fotos de ayer y hoy, recuerdos y vivencias mías y de mis paisanos y de alguna que otra curiosidad, que me atrevo a reflexionar en voz alta. No es mi propósito, pues, ocuparme de los grandes temas de los que ya han tratado ilustres autores, es más bien lo contrario: quiero hacer referencia a rincones ocultos, héroes anónimos, huellas olvidadas, sendas por las que ya no se pasa, lugares que fueron un día centro de atención y hoy han sido relegados a la indiferencia, al olvido o al abandono; a unos escenarios donde se sigue representando la misma obra pero con otros actores.

jueves, 23 de noviembre de 2017

AQUEL FERIAL (I)





                        AQUEL FERIAL (I)

    En Jaca cada vez nieva menos, pero nuestra infancia pasaba por estar meses viendo un manto blanco cubrir los campos, el hielo ocupar las umbrías de las calles, y escuchar el chasquido que provocaban las "chapaletas" entre  las huellas ablandadas del continuo ir y venir de los peatones, al pasar por debajo de los goterones que caían de los aleros de los tejados.
 Por este motivo, tengo la seguridad de que a cualquiera que naciera en la década de los 50 y 60 del siglo pasado, no le faltarían motivos para empezar y no acabar de contar historias relacionadas con la infancia y la nieve. 

Ferial y alrededores, hacia 1967
  

     Eran tiempos en que la escasez agudizaba el ingenio y la pradera del ferial ayudaba a ello. El gran campo de Gastón, ahora cerrado por una tapia, estaba situado en la parte oriental del resto del Mercado de Ganados, al que coloquialmente se llamaba ferial
Se trataba de una amplia pradera de verde natural, inclinada, capaz de albergar 1500 cabezas de ganado vacuno y 6000 de lanar y que nos proporcionaba la pendiente necesaria para ser utilizada como una improvisada pista de esquí. A este lugar solía acudir numerosísimo público, mayoritariamente chavales, para iniciar una temporada de nieve en la que no había que pagar ni bono ni remontes.
 Resultaba especialmente peligrosa la salida de aquella pista, justo en su inicio, dada la fuerte pendiente que estaba justo en la entrada al recinto. Desde ese punto te lanzabas y adquirías la inercia y la  velocidad necesarias para llegar hasta casi el final del  ferial. Pero la cuestión era que pocos teníamos esquís, de manera que te quedabas embobado cuando veías aparecer algunos chavales, como Carlos Piedrafita, su hermano José Manuel y algún hijo de militar completamente equipados para el asunto. Los más, entre los que me encontraba, nos teníamos que conformar con hacernos nuestros propios trineos con alguna mecedora reciclada que no andaba "ni p´atrás". Aunque, por suerte, siempre había alguien que te dejaba un hueco en un trineo de los verdad, de aquellos que llevaban frenos, y donde cabíamos cuatro o cinco pasajeros.

Un día de esquí en el ferial (hacia 1960)

      El hecho de que nosotros viviéramos en el barrio de San Juan, pegados a esa improvisada pista y el paso de los años hizo que, poco a poco, adquriéramos algo de técnica, o al menos eso creíamos. Sobre todo  después de que uno de los amigos apareciera con unos viejos esquís que se había encontrado en la basura.   
   Eran de madera y no tenían fijaciones, pero practicar con ellos fue lo más divertido que recuerdo. Para poderlos utilizar, les añadimos dos clavos en los que sujetar la puntera de aquellas botas katiuskas de color negro que, a pesar de ponernos con unos recios calcetines de lana, no evitaban tener los pies siempre "chipiados" por la nieve que entraba por la parte superior.
       No recuerdo llevar anorak, sí un pantalón de pana, un jersey grueso y un pasamontañas. Eso era todo lo que necesitábamos para estar listos y lanzarnos "a pico". 


 Otro de los lugares aptos para el esquí libre. Estaba situado a la izquierda del Camino a San Salvador, a escasos metros del puente de Zaragoza sobre el río Gas

        Previamente habíamos aprendido a prepararnos la pista, cosa que hacíamos cuando "enrasaba" y caía una buena helada tras una copiosa nevada. Salíamos por la noche, bajo la luz de la luna, con temperaturas que con facilidad pasaban de -10º. 
       Entre todos pisábamos la nieve hasta hacer una "calle" a base de nieve conpactada. Un espacio de unos 5 metros de ancho por 200 m de largo y que llegaba hasta la tapia donde terminaba el ferial. Era un trabajo duro, pero compensaba, pues al día siguiente se había endurecido la nieve y así habíamos conseguido una pista para una docena de días.
 Esta pista casi era particular, pues la hacíamos en el otro lado del ferial, y, aunque era más corta, era mucho más rápida. Tan rápida que aquellos esquís que, en riguroso turno, nos íbamos pasando se "embalaban" tanto que teníamos que saltar de ellos a unos diez metros de la tapia para no estamparnos contra ella.
  Aquellas tardes de esquí solían terminar en la Catedral. Sí, en la Catedral. Allí acudíamos a calentarnos y a esperar que las orejas, la nariz, las manos y los pies reaccionaran y abandonaran aquel color rojo hasta volver a recuperar su tono natural

¡Nos sentaba a gloria aquel bendito aire caliente!

 Que salía y sale de la rejilla de la calefacción que está cercana al ábside colateral del evangelio, junto al sepulcro del obispo de Alghero don Pedro Baguer. Un calor que, a pesar de servirnos de gran alivio, no evitaba los habituales sabañones en los dedos gordos de los pies.

  La tapia que se ve delante de las casitas del Barrio San Juan cerraba, por la parte de de arriba, parte del flamante ferial que el Consistorio republicano jaqués inauguró el 18 de octubre de 1934. Década de 1960. Actual avenida de la Jacetania (Foto cedida por Pedro Juanín).


 
      El resto del año esa parte del ferial era el escenario perfecto para estar en contacto con la naturaleza, sin coches ni testigos, realizar todo tipo trastadas, confeccionar nuestros propios juguetes y divertirnos con toda clase de juegos: construíamos casetas; hacíamos guerras a pedradas; arcos y flechas con peso de alambre en la punta, pluma de ave en el otro extremo y en algunas ocasiones con un algodón empapado en gasolina para hacerlas incendiarias; montábamos jabalinas, con una larga bara terminada en punta y con dos cartas de baraja en la parte de atrás a modo de espoleta; tirahondas; carros de coginetes; "visitábamos" los árboles frutales; capturábamos pájaros, sargantanas, saltamontes y grillos de la "p"; trenzábamos barcos de juncos; también nos gustaba un juego muy peligroso: "el tubo", consistente en voltearnos en el interior de un enorme conducto circular de hierro oxidado que había servido en algún salto de central eléctrica; trepábamos por los árboles a coger nidos, y, como no, algo que no podía faltar, los habituales partidos de fútbol.
 
       Deb de ser allá por los años 1959/60 cuando, con motivo de las ferias de ganado, nuestro campo de fútbol se vio invadido por vacas, toros y caballos. De manera que había que sustituir unos juegos por otros. Yo creo que no tenía más de 10 años. 
  La nueva diversión comenzó por retarnos entre nosotros para demostrar quién era el más valiente. La manera de hacerlo era ver quién se atrevía a pasar por debajo de la tripa de los animales. Comenzamos por las vacas. Salvado este primer lance nos atrevimos con algún toro, pocos, pues tampoco era lo que más abundaba, y terminamos pasando por debajo de la tripa de los caballos.
      Y allí fue donde, en uno de esos atrevidos "pases", un elegante macho blanco me vio las intenciones y me sacudió dos o tres coces que me podían haber dejado seco.

       De aquello salí vivo de milagro. Una de las coces me rompió un puñal de madera que yo mismo me había fabricado, a base de rebajar la rama de un árbol con mi navaja y que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Mal destino tuvo aquel puñal y peor mi trasero, pues parte de la hoja del puñal se me quedó clavado en la nalga. Y no fue solo eso, otra de las coces me hizo un tatuaje gratis de un color que no pude elegir, pues llevé grabado en la tibia durante meses la curva de la herradura en un sufrido morado. 
 
          Pero aquel juego con los animales llegó el día en que se nos fue de las manos. No recuerdo bien cuántos chavales estábamos, sí recuerdo a Vicente Callizo. No se nos ocurrió otra cosa que, probablemente inspirados en los domadores de los circos ambulantes que solían venir a Jaca para las fiestas, fabricarnos nuestro propio látigo. Y a fe que lo conseguimos.
         Una vara de sanguino con una mueca en la parte superior para atar la cuerda que comprábamos a metros en la guarnicionería de Pérez Prado (justo enfrente del bar de mi padrino, el bar "Laurentino", situado en la actual calle de Ramóm y Cajal), un nudo a 15 cm del final de la cuerda y a partir de él unos cuantos flecos elaborados a base de dehilacharla. Eso era todo,lo suficiente para fabricar ese artilugio "el Trallazo" que, con un poco de práctica, consegía un pequeño sonido explosivo. La utilización de este invento en una tarde-noche en el ferial de ganado terminó en algo más que un juego divertido, pues se transformó en una auténtica algarada.
    Caía la noche y no se nos ocurrió otra cosa que entrar al ferial por la parte de atrás, por una verja de hierro alta de barillas de hierro que terminaban en punta, que se encontraba  a unos 20 m de la fuente de San Juan. Una vez dentro comenzamos a hacer chasquidos con nuestros látigos 
 ¡La que se organizó fue gorda! ¡De esas que no se te olvidan en la vida!
       Los animales se asustaron y salieron de estampida por el costerón que hoy ocupa el edificio de teléfonica, pero... no uno, ni dos, ¡todos! Todos salieron corriendo; unos por la actual avenida de la Jacetania hacia Medio Pañuelo, otros por la calle de San Nicolás, algunos se dejaron ver por la calle Mayor y  los hubo que llegaron  hasta el puente  de San Miguel.
 Aquella noche fue muy larga.
 Los dueños, locos buscando a los animales por Medio Pañuelo y los glacis, Jaca alborotada, y nosotros en casa muertos de miedo, bien callados y esperando que amainara el temporal. 


Espacio que ocupó el verdadero ferial (Mercado de Ganado) con toda clase de instalaciones. Fue desmantelando a mediados de la década de los 60. En esta explanada habían aparecido los bloques de casas de cuatro pisos y la estación de autobuses. Y allí colocaban todo tipo de atracciones que venían para la fiestas: autos de choque, tómbolas, caballitos y en este caso la plaza de toros.

       Habían pasado unos 25 años desde la inauguración del ferial y de las otras instalaciones que se encontraban en la parte superior, junto a la actual estación de autobuses, yo apenas recuerdo su funcionamiento. Sí recuedo la disposición de las casetas, pero ya bastante deterioradas y en desuso.  

  De hecho, aún sigo viendo una de aquellas casetas que acabó siendo utilizada como "perrera": un lugar donde la brigadilla municipal, encabezada por el señor Vivas, encerraba a los perros que no estaban matriculados y que habian sido cazados a lazo tras recorrer las calles de Jaca. Aquellas noches se hacían eternas oyendo, desde nuestras casas, los aullidos de unos perros cuyos dueños probablemente no podían pagar la multa correspondiente. De manera que, una noche, creyendonos  Robín Hood, echamos una destartalada puerta de color gris al suelo y liberamos a esos indocumentados presos.  


          Así era todo: veíamoss una película de indios y  hacíamos un arco y flechas; veíamos una "peli" de vikingos buscábamos un cuerno de vaca, veíamos una de Tarzán y trepábamos por los árboles y veíamos aquellos cromos de futbolistas que coleccionábamos y que salían en las gaseosas de la Casera, y queríamos ser futbolistas.

Miércoles por la tarde, salida del Colegio de los escolapios
 para jugar al fútbol en los glacis de la Ciudadela (
fotofrafía Valentín Mate, 1958/59)      

   Y así fue como 

decidimos hacer nuestro campo de fútbol. Lo primero era  hacer una selección de jugadores a base de los amigos, vecinos del barrio y compañeros de colegio que le "arreaban" bien. Lo segundo, tener un balón (nunca faltaba uno para los reyes, comprado en los Almacenes el Siglo) que nos hinchaban y arreglaban cuando se pinchaba, con un parche recauchutado, en el taller de Subías. Y lo tercero, lo que mas ilusión nos hacía, la equipación. Ya solo faltaba buscar un nombre para el equipo e identificarnos todos con él. Lo de las botas de tacos vendría algo más tarde, pues de momento, resultaba un lujo muy caro. 
                   El nombre vino rápido: "El Herculio", nos sonaba a algo invencible y fuerte, no sé de quien fue la idea, pero no cabe la menor duda de que sabíamos de la existencia del Hércules de Alicante. 
Lo de la equipación tampoco fue un problema; en Jaca hacía mucho frio y nos compramos una camiseta de lana gorda, de aquellas que complementaban los abuelos con los calzones largos y que se solían poner debajo se los pantalones para mitigar el frío del invierno. De esta forma ya llevábamos el chándal incorporado. Tan solo era cuestión de quitarse el abrigo y ya estábamos listos para jugar. 
Esas camisetas, todas iguales y blancas, las  compramos en los Almacenes  Dumbo, establecimiento que todavía hoy existe en la calle Bellido y que en aquel momento, hacia el año 1963, lo regentaban los señores Angel y Valentín Ara, siempre atentos y dispuestos a vender tras un mostrador de madera rústica, con un fondo de pared plagado de cajas de cartón.
 Allí también compramos la tela roja con la que nos personalizamos la camiseta: dos cuadrados rojos, dispuestos uno encima del otro y unidos por una de las esquinas. De esta forma se cubría la parte delantera de la camiseta. La parte de atrás estaba ocupada por el número correspondiente, en mi caso el nº 8. 
Los cuadrados y el número los recortábamos y diseñábamos nosostros mismos y nuestras madres nos los cosían con todo el amor del mundo.

 Alumnos de los Escolapios jugando en los glacis de la Ciudadela con su bata rayada. A la izquierda el Chopo que daba nombre al "campo de fútbol" hacia (fotografía Valentín Mate,1958/59)
             Luego venía lo del campo. ¿Dónde jugábamos? Toda la chavalería de Jaca solía jugar en los glacis de la Ciudadela, en el "Campo del Chopo", al lado oeste de la Ciudadela, y desgraciado de aquel que con poco tino despejara un balón por la parte que daba al foso, pues, aparte de parar el juego, a él le tocaba la penitencia de brincar al foso pequeño, "camino de ronda", para, posteriormente, descender y ascender escalando el foso hondo para recuperar el balón. Pero además, los chavales del barrio nos hicimos nuestro propio campo en el Ferial.
         Recuerdo perfectamente cómo lo hicimos: había que poner un nombre al campo. Fuimos a pinturas Mazuque con Manolo Zamboraín y compramos cal, la disolvimos en agua y, con una escoba pequeña, pintamos sobre el muro que cerraba el recinto del ferial unas letras de más de un metro de alto y que todavía veinte años después se podían leer:

   ESTADIO DE SAN JUAN


       Ese  muro impedía que saliera la pelota por el lado de abajo, pues el campo tenía cierta inclinación, y por el lado de arriba, la línea de banda, la marcamos con piedrecitas pequeñas. También pusimos porterías de verdad, nada de poner dos jerséis para hacer la portería y luego discutir si había entrado o no la pelota.
       Cavamos en el suelo dos agujeros de medio metro de profundidad y colocamos dos postes "reciclados" de eléctricas, de una huerta en la que almacenaban materiales, y a los que, tras ser cortados a la medida reglamentaria, les pusimos una cuerda de extremo a extremo a la altura conveniente.
    Ese fue Nuestro Estadio, una obra hecha con la pasión e ilusión de chavales de 11 años, que nos llenaba de orgullo y donde esperábamos a nuestros rivales del resto de los barrios de Jaca. Allí pasábamos horas y horas esperando los fines de semana para jugar los partidos oficiales.
           En nuestro equipo jugaron: de portero, Matute (B. de la Estación); de defensas, Ubieto, lateral derecho y "Guti" izquierdo (C. de la Población); en la media, Javier Hijós (Placeta del Pez) y Paco La Laguna; y de delanteros, Vila, "Gutia", Carrera, (Zona Plaza del Ángel), Chinchón (C. Zocotín), Segura (C. del Viento) y "Tino" ( B. SanJuan).
       Uno de nuestro rivales, el equipo del Rayo, también llevaba una camiseta blanca confeccionada en casa. Iba adornada por la parte delantera con una franja roja en diagonal y lo formaban: en la portería,  "Ventu"; defensas, Rabal, Puyuelo y Jorge Ochando; en la media, Paco, Ernesto Ara y "Zambo"; y en la 
delantera, Octavio, Anula, Diego, Mario, Eíto y Enrique Piedrafita. 
           Los otros equipos, el Oroel, el San Francisco, el Castellar y el San José, completaban una de las últimas liguillas que surgían de forma espontánea y autónoma y a la que no recuerdo que asistieran ninguno de nuestros padres. Era una competición organizada por unos chavales de entre 13 y 14 años, cuya máxima  diversión consistía en correr tras una pelota.
        En aquella última liga, el C. F. Jacetano le entregó al campeón una copa grande, un balón de los de verdad e incluso  llegó a tener alguna pequeña reseña en el Heraldo de Aragón.
        Además de los jugadores ya citados recuerdo a algunos otros:  Alegre, Josá, los hermanos Puyuelo (Rafael y Carlos), Caballé, Paco Trenado, Pardos, Rumi, Octavio, Benedé, Anaya, Chevarría, Tejelinga pequeño, Toño Acín, "Chema",  Pedro Gil, Paco Orduna, Anula. 


Equipo infantil del Jacetano. De izda. a dcha. y de arriba abajo: Matute, Lanuza, Velaz, Caballé, Gil, Hijós, Hervella, Anula, Tino, Ángel y Carrera, 1968.


      Aquel ciclo se cerró con la participación en el Campeonato Nacional de Fútbol Infantil, esta vez representando al Fútbol Club Jacetano, con la selección de algunos jugadores de los que formábamos aquellas liguillas. El único partido que jugamos fue en Huesca y nos "arreó" una una buena paliza el equipo de la Universidad Laboral, en abril de 1968



El ferial nevado (1958). Al fondo, el barrio de San Juan y la tapia que cerraba el ferial por la parte alta. Hoy está ocupado por la Casa de la Cultura y la Biblioteca Municipal (Foto cedida por Vicente Callizo)





Se encuentra junto al ferial
Una casa de... muñecas
Donde se acercan algunos
Para limpiar la escopeta.

Villa San Juan (foto Ana Artillo)
         Este fragmento de un romance popular, escrito por un visitante de Jasa a la feria, describe un negocio que funcionaba a todo trapo en los años 40 y 50 del pasado siglo. Era la casa de citas que frecuentaba con asiduidad la numerosa tropa que había en Jaca. Todavía tengo en la memoria el recuerdo de aquellas procesiones de soldados que subían por la cuesta de las Benitas ajustándose el cinturón y colocándose aquel "trescuartos" de cartón-piedra. Un lugar en el que, como advierte nuestro coplero de Jasa, también echaban alguna cana al aire los habitantes de la redolada cuando venían a la feria. El nombre oficial de aquella casa, donde se ejercía el oficio más antiguo del mundo, fue el de "Villa San Juan", si bien en el argot popular era  más conocida con el apodo de  "El Tubo" y el de  "Villa Pureza". Un edificio que todavía se conserva en estado ruinoso, en la actual calle "Tierra de Biescas".
  


           Los días de  feria eran  muy divertidos. Una de las mayores atracciones de la feria eran los pequeños puestos que bordeaban el Templete de Santa Orosia, donde no faltaba de nada: caramelos, platos de loza, relojes, bolígrafos, cinturones. Llamaban especialmente la atención del público unas jaulas con canarios en su interior y que, tras elegir el que uno quería, le mostraban un papelito plegado donde estaban escritas las venturas y desventuras que le sucederían en el futuro al interesado.
         Ahora bien, la palma de ese bullicioso espectáculo se la llevaban los famosos "charlatanes",  profesionales de la palabra que, con un relampagueante discurso, anunciaban e incitaban la compra de sus productos. Sobre todo destacaba uno de los productos estrella, las mantas. Un artículo muy estimado, dado el prolongado invierno pleno de nevadas y heladas :

  "por el precio de una manta de Palencia le regalo esta otra de Zamora y el cubre-cama de Onteniente, pero también le regalo un cinturón para sujetar los pantalones, y además por el precio de una le regalamos dos si..."  y así una lista interminable de productos que se iban amontonando sobre un improvisado mostrador del que, de vez en cuando, caía alguna prenda al suelo y le obligaba a doblar el lomo.
     La otra presencia estelar era la del "tratante de ganado". El trasiego y el regateo de aquellas personas antes de cerrar el trato con un apretón de manos era una imagen muy habitual. Habían estado dando vueltas alrededor del Templete, echando el ojo a  machos, yeguas, caballos, potros, burros, lechales, terneras, vacas, cerdos, corderos, cabras y toros que se ehxibían para su compra. A esas paradas se les fue incorporando, poco a poco, la poca maquinaria agrícola que se conocía por aquel entonces.
 Poca gente recuerdo ver con calzón y chaleco, sin embargo, todavía era frecuente ver a tratantes y forasteros con boina, faja, blusa gris y vara de avellano. 
          Acudían a esta feria gentes de toda la Comarca, unos a vender sus animales y productos del campo, otros a comprar algún animal que les hacia falta para sus labores agrícolas y era curioso ver los tratos que se hacían entre compradores y vendedores, siendo fercuente que el mismo animal que habían comprado hacía un rato lo volvieran a vender al punto.  

       Tampoco faltaba la ancestral presencia de los gitanos, quienes conocían el arte del regateo y la picaresca de sacar rédito tanto del comprador como del vendedor. Era muy curioso escucharlos regatear los precios de los "animalicos". Y a los que nuestro visitante de Jasa, anteriormente citado, le dedicó esta coplilla:


             Camino del señor juez
     preso llevan al gitano
     por encontrarse una mula
     antes de perderla su amo.

Son los años 90. El espacio de la pradera del Ferial ya está ocupado por las casas de los camineros, el edificio de telefónica y el Hogar del jubilado. Y en primer plano, a la dcha., una grúa y una excavadora que, a modo de termita, se dispone a excavar los cimientos de la Nueva Villa María, que ni será de María ni Villa. 


    Los años fueron pasando, las ferias de ganado fueron menguando y a aquel mágico Ferial se le iba a hacer un nuevo cerco. Poco a poco fue siendo devorado por la construcción de edificios nuevos, pues el Ferial no iba a ser una excepción a ese boom urbanístico y a la especulación urbana que comenzó en los años 70. Los primero que se seccionó de la pradera del Ferial fue en la parte baja, con la construcción de las que nosotros llamamos casa de los camineros, hechas para los empleados de obras públicas (MOPU). 


Único resto que queda de aquel Ferial, parte de la tapia que lo cerraba por noreste. Hoy se encuentra detrás de los nuevos edificios donde se ubican los juzgados (2016)
 
          Con posterioridad, por la parte que da a la actual avda. de la Jacetania, apareció la casa de la  telefónica, dejando todavía un hueco con el murete que llegaba hasta el edificio que alberga la Hermandad del Viernes de Mayo. Un hueco que se cerró con nuevas construcciones realizadas, como producto de la fuerte especulación urbanística.
Se continuó el cerco a la pradera por la parte superior, por actual calle Levante. En una primera fase con la caseta del veterinario, el Hogar del jubilado y su arenal para la petanca. Y, posteriormente, con la Biblioteca, las oficinas de la DGA y otros edificios. Tan solo ha quedado un fragmento del muro del recinto entre unas urbanizaciones y los juzgados de Jaca. Y junto a él, han fosilizado, para la posteridad, una plaza y una calle con el nombre de "El Ferial".