Estas páginas van destinadas a todas aquellas personas que quieren a su ciudad, como me sucede a mí con la mía, Jaca. Hablaré, pues, de “mis cosas” esperando que alguna de ellas pueda ser también la tuya o, sencillamente, compartas mi afición por “colarme” entre el pequeño hueco que separa la memoria de la historia, lo general de lo particular o lo material de lo inmaterial. Estas “cosas de Jaca” están construidas a base de anécdotas , fotos de ayer y hoy, recuerdos y vivencias mías y de mis paisanos y de alguna que otra curiosidad, que me atrevo a reflexionar en voz alta. No es mi propósito, pues, ocuparme de los grandes temas de los que ya han tratado ilustres autores, es más bien lo contrario: quiero hacer referencia a rincones ocultos, héroes anónimos, huellas olvidadas, sendas por las que ya no se pasa, lugares que fueron un día centro de atención y hoy han sido relegados a la indiferencia, al olvido o al abandono; a unos escenarios donde se sigue representando la misma obra pero con otros actores.
LA ERMITA DE SARSA: Memoria, expolio y salvación de un icono del románico jacetano
El vestigio de un pueblo olvidado
En la vertiente meridional de la imponente e icónica Peña Oroel, a unos once kilómetros de la ciudad de Jaca y a tres del puerto homónimo, se localizan los últimos testimonios materiales de un núcleo rural desaparecido. Nos referimos a Villar de Sarsa, Sarasa o Sarasa de Trasuruel, nombres con los que aparece en varios documentos a lo largo de la Edad Media. El más antiguo de ellos se remonta a los albores del Reino de Aragón. En efecto, según Manuel Campo Pérez (1), el nombre de Sarsa aparece referenciado en una escritura otorgada en el monasterio de San Juan de la Peña en el año 1063, por la que “Ramiro I y su hijo Sancho, hacen donación al obispo de Jaca y al cabildo catedralicio, de varias iglesias en las inmediaciones de la de Sarsa”.
1931. La ermita todavía en pie. Fotografía de Eduardo Cativiela publicada en la Revista Aragón, septiembre, págs. 175 y 176. Tratada con AI
Se trata de una población medieval que probablemente languideció a finales de la Edad Media, pero su ermita, aunque maltrecha, resistió hasta los inicios del siglo XX. (2)
Situada estratégicamente en un pequeño promontorio al pie del antiguo Camino Real (3) de herradura y cabañera que unía Zaragoza con Jaca, fue observada por J. M. Cuadrado en 1844 quien, tras atravesar Anzánigo y remontar el camino por la derecha del río Moro, sin aludir para nada a un estado ruinoso, escribió sobre ella: “Una ermita bizantina (4) de Nuestra Señora de Sarsa, resto de un pueblo que existió con el nombre de Sarasa, ocupa la falda meridional” (en clara alusión a la Peña Oroel).
1931. Vistas desde el interior y exterior con el tímpano in situ. Fotografía de Eduardo Cativiela publicada en la Revista Aragón, septiembre de 1931, págs. 175 y 176. Tratada con AI.
Ya en el siglo XX, del estado de abandono en que se encontraba la ermita se hicieron eco Eduardo Cativiela y Dámaso Sangorrín (presidente del SIPA y deán de la catedral, respectivamente) al visitarla en 1931: “Todavía pudimos reconstruir imaginativamente en esos montones de piedras la configuración de varias casas con la cocina, estancia principal de la casa aragonesa (...) La ermita románica es lo único que queda en pie de este lugar. El techo de losas se vino al suelo. Personas demoledoras han intentado, sin conseguirlo, arrancar el frontal de la puerta”. Hoy en día, el área que ocupaban sus viviendas ha sido absorbida por terrenos de cultivo, quedando apenas unos grandes montones de piedras como mudos testigos de dicho asentamiento.
Características arquitectónicas originales
A pesar de la temprana mención de Sarsa en el siglo XI, las características del templo coinciden con edificaciones del románico pleno del siglo XII. La ermita presenta una estructura sencilla y similar a las iglesias o ermitas existentes en los pueblecitos que rodean la ciudad de Jaca. Constaba de una sola nave de planta rectangular, rematada por un ábside de tambor con bóveda de cuarto de esfera, orientado canónicamente hacia el este y unido a la nave mediante un corto tramo abovedado.
1931. Ábside de cuarto de esfera decorado en su inicio con una moldura de bisel y con vano de doble derrame interno al que sigue un tramo con bóveda de medio cañón. La luz penetraba por tres ventanas, la del ábside de doble derrame y dos (se ve una) en el lado sur, de derrame interno. Fotografía de Eduardo Cativiela publicada en la Revista Aragón, septiembre de 1931, págs. 175 y 176. Tratada con AI.
El espesor y la fisonomía de sus muros originales revelan que el templo debió de estar techado originalmente con una cubierta de madera (5), rematada al exterior por un tejado de losas a dos aguas.
Anterior a 1931. Portada y tímpano con crismón trinitario. Fotografía de Ricardo del Arco, (FDPH)
La ermita tuvo dos portadas: una al oeste, derruida ya a principios del siglo XX (de la cual no podemos más que confirmar su existencia), y la portada principal, más ricamente decorada, orientada hacia el sur y abierta sobre un cuerpo saliente adosado al muro. En esta portada, compuesta por tres arquivoltas doveladas de medio punto, destaca la arquivolta central por presentar una rica decoración con tres acanalamientos adornados con pequeñas esferas, similares a las que decoran el panteón de nobles de San Juan de la Peña. Estas esferas, distribuidas de manera grácil, envuelven un sencillo y bello tímpano decorado con un crismón trinitario del siglo XII inspirado, como tantos otros del románico rural de la zona, en el de la catedral de Jaca.
Arquivoltas, imposta y jambas
Dichas arquivoltas descansan sobre una imposta corrida adornada con motivos almendrados. El inicio de las jambas está decorado, respectivamente, con motivos vegetales y antropomorfos a modo y manera de los que se encuentran en el portal n.º 21 de la casa Gaitero (también con bolas esféricas en sus dovelas) de la calle San Nicolás de Jaca; una portada que posiblemente pertenezca a la desaparecida iglesia románica del siglo XII dedicada al santo obispo milagrero.
Portadas de Sarsa, y, San Nicolás?
Coronando la portada se sitúa un tejaroz decorado originalmente con ocho canetes o modillones, de los que en 1931 solo quedaban siete. Aunque desfigurados, según Manuel Gómez de Valenzuela, “Dos de ellos muestran representaciones humanas: uno, una cabeza masculina, barbada; otro, una femenina, cubierta con toca lisa, de rasgos delicados y serenos. El resto se adornaban con representaciones vegetales”.
Una de las singularidades arquitectónicas notables de la ermita, probablemente construida en honor a Santa Ana, era la adaptación a su entorno topográfico: los constructores medievales edificaron el muro norte aprovechando un fuerte desnivel del terreno. Para ello, realizaron una excavación vertical en el monte y adosaron directamente la pared de piedra al terreno, ahorrándose de este modo un considerable trabajo de mampostería y cimentación.
La odisea del Crismón ante un inminente expolio
En 1931, el erudito Eduardo Cativiela denunció en la Revista Aragón (del SIPA) que el techo de losas de la ermita se había venido abajo y que "personas demoledoras" habían intentado, afortunadamente sin éxito, arrancar el frontal de la puerta para robarlo. Desde ese momento, aunque yaciendo en la ruina, la ermita del Villar de Sarsa se convirtió en todo un símbolo de recuperación y exposición del románico de la Jacetania.
Crismón trinitario. Hoy en el zaguán del Ayuntamiento
Ante este inminente peligro de expolio, Cativiela realizó las gestiones oportunas con el Ayuntamiento de Jaca, propietario de la ermita, para proteger la pieza. El tímpano fue cedido temporalmente al Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón (SIPA), pasando posteriormente a ser expuesto en uno de los primeros museos románicos de España, ubicado en el monasterio de las Benitas de Jaca e inaugurado en 1934, durante la II República. Allí estuvo, junto a otras piezas entre las que brillaba con luz propia el sarcófago de doña Sancha, hasta 1947. Tras dormir en el olvido, almacenado en la bodega de la Casa Consistorial, y con motivo de la renovación del patio del Ayuntamiento y la inauguración de su elegante escalera de piedra, volvió a la luz en marzo de 1970 tras ser colocado en una de sus paredes.
Desmontaje, traslado y "licencias" de la reconstrucción
Fue en noviembre de 1970 (6) cuando el padre escolapio Casimiro López advirtió que “esos restos valiosos y gloriosos merecían ser defendidos de la erosiva destrucción del tiempo”(7). Inquietud que comunicó al alcalde Armando Abadía para que la ermita se restaurara y “se trasladara a Jaca para ornamento y orgullo de la ciudad”. El proyecto, llevado a cabo por el equipo municipal de obras a las órdenes de Francisco Vivas bajo la dirección del arquitecto y aparejador municipales, se puso en movimiento tan solo dos días después de dichas conversaciones, procediéndose en ese mismo año de 1970 al desmontaje, traslado y posterior reedificación del templo en la faja de terreno de la Ronda Suroeste (actual Avenida de Oroel)
1970. Panorámica con la Peña Oroel de fondo. Cedida por Juan Carlos Domínguez. En el pie de la fotografía consta: "Trasladada a Jaca en 1970 ( Equipo Municipal de Obras de Fco. Vivas)"
1970. Panorámica con la Peña Oroel de fondo. Fotografía ceedida por Juan Carlos Domínguez. En el pie de la fotografía consta: "Trasladada a Jaca en 1970 ( Equipo Municipal de Obras de Fco. Vivas)"
1970. Estado en el que se encontraba el lado oeste, ábside y lado sur justo antes de ser trasladada. Fotografía cedida por Juan Carlos Domínguez
No obstante, a pesar del loable esfuerzo del equipo municipal, al que agradeceremos siempre su trabajo, el traslado y la posterior reconstrucción (ejecutada como si de un rompecabezas se tratara) no han estado exentos de polémica debido, en gran parte, a cuatro modificaciones arquitectónicas y licencias que se otorgaron los responsables del proyecto para adaptarla a su nuevo entorno urbano:
Reorientación espacial: El ábside románico, que originalmente apuntaba hacia el este (oriente), como dictaba el canon litúrgico medieval, se reorientó hacia el oeste.
La fachada meridional: Originalmente en el lado sur, ha quedado orientada hacia el este en aras de una mejor visibilidad urbana.
Reducción de volumen: Los 11 metros de longitud que inicialmente tenía la nave quedaron reducidos a 8,30 metros.
Pérdida de accesos: De las dos portadas que poseía el templo en su ubicación original, únicamente se conservó e instaló la del muro sur.
A pesar de estas severas alteraciones y reinterpretaciones modernas que modificaron su fisonomía románica original, el balance final debe ser de gratitud. El traslado de 1970 salvó de una desaparición segura (8) e irreversible a un templo que hoy, en plena ciudad de Jaca, funciona como un valioso eslabón que nos conecta directamente con el desaparecido Villar de Sarsa y con los orígenes altomedievales del Reino de Aragón.
Notas al texto
(1) Publicado en el periódico local El Pirineo Aragonés, edición del 10 de diciembre de 1970.
(2) Ignacio Jordán de Asso (1742-1814), en su exhaustiva obra Historia de la Economía Política de Aragón (1798), omitió este enclave en su listado de despoblados del entorno de Jaca, lo que refuerza la hipótesis de una extinción muy tardía o un silencioso proceso de abandono.
(3) La actual carretera "de Oroel" que conecta Jaca a través de Bernués, permitiendo el tránsito de la primera diligencia tirada por caballerías, no se inauguró hasta el año 1860.
(4)Durante el siglo XIX, la historiografía y los cuadernos de viaje utilizaban habitualmente el término "estilo bizantino" para clasificar las manifestaciones arquitectónicas que hoy catalogamos estrictamente como arte románico.
(5) Lo afirma Manuel Gómez de Valenzuela en Seminario de Arte Aragonés, volúmenes XIII-XIV-XV, pág. 39.
(6) Existe una recurrente confusión cronológica e iconográfica en diversas publicaciones posteriores. El proceso de catalogación, desmontaje y traslado se hizo en 1970 y la inmediata reconstrucción en la Ronda Suroeste, actual avda. de Oroel, se ejecutó íntegramente en el año 1971, un hecho contrastado y respaldado por las crónicas coetáneas de Juan Lacasa, la prensa local de la época, testimonios fotográficos privados del autor y documentos del AMJ. Asimismo, es preciso subsanar el extendido error que asocia el desaparecido Cristo gótico de "Las Tiendas" con la Ermita de Sarsa; dicha pieza litúrgica pertenecía en realidad a la desaparecida Ermita de la Victoria, espacio vinculado históricamente a las inmediaciones del camposanto y a las celebraciones del Primer Viernes de Mayo.
Viernes de Mayo.
(7) Carta abierta y crónica del P. Casimiro López, publicada originalmente en El Pirineo Aragonés el 5 de noviembre de 1970.
(8) El 28 de octubre de 1071, el Ayuntamiento de Jaca recibió un informe-denuncia de la Consejería Provincial de Bellas artes de Huesca. En él se señalaba, entre otras cosas, que la demolición, traslado, y reconstrucción fueron hechas por personas no capacitadas , y en consecuencia con graves errores. A lo que el Ayuntamiento entre otras razones contestó:"que lo tuvo que hacer el Ayuntamiento con medios propios porqué las reliquias no habían merecido atención alguna de los Organismos competentes en materia historia-artística y de que , por tanto, era imprescindible poner en buen recaudo los últimos vestigios, antes de que desaparecieran".
Fuentes Bibliográficas
Asso, Ignacio Jordán de (1798). Historia de la Economía Política de Aragón. Zaragoza: Imprenta de Francisco Magallón.
Barrutia de Pablo, Miguel Ángel. Jacetania. Despoblados medievales, pardinas y ventas, torres y torreones aislados. Jaca: Autoedición / Asociación Sancho Ramírez, 2025.
Campo Pérez, Manuel (1970). "Aportaciones documentales a la historia de la Ermita de Sarsa". El Pirineo Aragonés, 10 de diciembre de 1970.
Cativiela, Eduardo (1931). "La ermita de Nuestra Señora de la Sarsa". Aragón: Revista del Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón (SIPA), n.º 72 (septiembre), págs. 175-176.
Cuadrado, José María (1844). Recuerdos y bellezas de España: Aragón. Barcelona: Imprenta de Joaquín Verdaguer.
Gómez de Valenzuela, Manuel (1968). "Notas sobre el románico rural en la Jacetania". Seminario de Arte Aragonés, vol. XIII-XV, pág. 39.
Lacasa Lacasa, Juan (1970). Crónicas e informes sobre el patrimonio arquitectónico jacetano: El traslado de la Ermita de Sarsa. (Compilación de registros impresos, notas de prensa y crónicas documentales del año 1970).
López, Casimiro (Sch. P.) (1970). "Salvación de un icono de nuestro pasado". El Pirineo Aragonés, 5 de noviembre de 1970.
La afluencia constante de viajeros procedentes de ambos lados de los Pirineos —atraídos por la proximidad de sus cumbres, por las concurridas ferias de ganado, por la devoción a Santa Orosia, patrona de Jaca, o bien en tránsito hacia los balnearios de Panticosa y Tiermas— dejó una huella profunda en la ciudad. La llegada del ferrocarril en 1893 y, con mayor impacto aún, su prolongación hasta Canfranc en 1928, otorgó a la antigua capital del reino, que apenas contaba entonces con 5.000 habitantes, un renovado aire cosmopolita que favoreció su incorporación temprana al arte de la fotografía. Numerosos fotógrafos foráneos dirigieron su objetivo hacia Jaca, pero el propósito de este trabajo es contribuir al patrimonio fotográfico de Aragón poniendo el acento no tanto en los nombres ya reconocidos, sino en rescatar y valorar la obra de aquellos pioneros locales que establecieron sus talleres en la ciudad o que fijaron en ella su residencia.
ILUSTRES FOTÓGRAFOS VISITANTES
Parte superior: Ilustres fotógrafos. Parte inferior: personalidades que visitaron el Hotel Mur (óleo sobre lienzo. Derecha: parada del coche correo en el Hotel Mur; fundado en 1875 fue el primer hotel moderno del Pirineo junto con al Adriá de la Seo d´ Urgel también del mismo año.
Santiago R. y Cajal. 1977?
A lo largo de las tres primeras décadas del siglo XX, Jaca y su entorno recibieron la atención ocasional de diversos fotógrafos que, sin centrar en la ciudad su actividad principal, dejaron un testimonio visual de indudable valor. Entre ellos se encuentra Santiago Ramón y Cajal(1852–1934), quien tomó una imagen de Jaca desde el sur con anterioridad a 1903, probablemente en 1877 durante su traslado del balneario de Panticosa a San Juan de la Peña para recuperarse de su delicada salud, lo que la convertiría en la fotografía más antigua conocida de la ciudad.
También Archer Milton Huntington (1870–1955), filántropo y fundador de la Hispanic Society of America, visitó Jaca en 1897 y, siguiendo la tradición norteamericana de la fotografía de viaje, realizó varias instantáneas, entre ellas una de la catedral y otra de unas lavanderas en el río Gas, durante su ascenso a la Peña Oroel y a la Virgen de la Cueva.
1902. Inauguración de la cruz de Oroel. Ignacio Coyné
Ignacio Coyné Lapetra(1872–1912), fotógrafo y cineasta aragonés, dejó igualmente tres valiosos testimonios: la celebración del día de Santa Orosia en el antiguo veneratorio, la procesión con los bailadores de castañuelas en 1896 y la inauguración de la colocación de la cruz en la cumbre de la Peña Oroel en 1902.
Julio Soler en la cumbre de Collarada, 1907
Poco después, Julio Soler Santaló (1865–1914), ingeniero y montañero catalán, en sus visitas a Jaca entre 1907 y 1910, tomó unas veinte fotografías centradas en vistas urbanas, monumentos y celebraciones religiosas.
Sorolla en los Glacis de la Ciudadela con el monte de Asiesoal fondo. A. Chistrian, 1914
En el verano de 1914 la fotógrafa estadounidense Anna Christian(1876–1961) acompañó a Joaquín Sorolla durante su estancia en la ciudad y realizó una decena de instantáneas, algunas de notable valor documental y etnográfico, que sirvieron al pintor como apoyo en su obra pictórica.
Romero de Gusanillo en la procesión de Santa Orosia C/ del Carmen. Ricardo Compairé, hacia 1928 (FDPH)
Años más tarde, Ricardo Compairé (Villanúa, 1883–1965), farmacéutico y fotógrafo, dentro de su extensa y reconocida obra fotográfica dejo un hueco para la ciudad donde había estudió el bachillerato; destacan sobremanera, por su número y su sello personal en la estética y composición, las dedicadas a la celebración de la patrona de Jaca Santa Orosia, y la de algunos rincones de Jaca de los años 30-40.
Heras Mayores, al fondo la plaza Biscos con el Templete de Santa Orosia, hacia 1910. José Galiay
Casi en paralelo José Galiay Saraña (1880-1952) en su reconocida documentación de la arquitectura y del patrimonio de Aragón incluye una extensa serie de instantáneas de la catedral de Jaca y otros monumentos.
Mercado de ganados desaparecido, hacia 1939 Joaquín Gil Marraco
Finalmente, Joaquín Gil Marraco(Zaragoza, 1901–1984) abogado y fotógrafo, y asiduo veraneante en Jaca realizó 124 placas. Entre ellas, algunas de gran valor etnográfico, como las escenas de mercado con tipos de curtidos rostros y calzón corto, y las dedicadas a los devotos romeros de Santa Orosia.
Francisca Terrén CayetanoY Cayetano Donato, de Jaca. Fotografía publicada por Sandra Érica Basilio en Facebook. Fotografía F. Preciado hacia 1900
Fue uno de los grandes pioneros de la fotografía en Aragón, en la segunda mitad del siglo XIX. Natural de Barbastro, abrió su primer estudio en Huesca en 1875, en el Coso Alto nº 28, y pronto se consolidó como un profesional inquieto y atento a las novedades técnicas de su tiempo. Su vínculo con Jaca apreció en un anuncio publicado el 16 de julio de 1882 en El Pirineo Aragonés. "Acaba de llegar á esta ciudad, procedente de Huesca donde reside, el conocido fotógrafo FÉLIX PRECIADO, y ha establecido su galería fotográfica la calle del Obispo núm. 6, piso bajo, donde ofrece sus servicios, todos los días hasta fines de Agosto, desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. […] SE RETRATA AUNQUE ESTÉ NUBLADO" . En efecto, su estudio se convirtió en referencia para los habitantes de la ciudad y los pueblos del entorno donde ofrecía retratos de estudio, comuniones, bautizos, copias y encargos particulares. El prestigio de sus trabajos se reforzaba con la exposición de retratos en los Porches de la Plaza de la Catedral, algunos ampliados a tamaño natural, que funcionaban como escaparate público de su arte. La ciudad de Jaca y su comarca conocieron su influencia en múltiples facetas. En 1894, junto a amigos locales, acompañó al novelista Benito Pérez Galdós durante su visita al valle de Ansó para registrar con su cámara “tipos y costumbres” singulares que inspirarían la obra de “Los condenados”.
El Pirineo Aragonés, 16 junio 1882
Su espíritu de modernidad se reflejó en que fue el introductor del cinematógrafo Lumière en Jaca, con proyecciones pioneras en 1897 y 1898, coincidiendo con las ferias locales, lo que convirtió a la ciudad en una de las primeras del Alto Aragón en disfrutar de este invento. Tras su fallecimiento en 1907, su viuda Patricia Arruebo se asoció con el joven fotógrafo alcarreño Francisco de las Heras, para reabrir en 1910, el gabinete fotográfico en la casa de Fermín Diaz de la calle del Obispo nº 12, donde en segunda estancia, se había instalado Preciado en 1895.
Archivo fotográfico de
Campoy-Irigoyen
El archivo procedente de la familia Campoy-Irigoyen, de antiguo abolengo jaqués, constituye un ejemplo singular de cómo el azar o la buena fortuna pueden contribuir a recomponer fragmentos de la historia de Jaca a través de la fotografía.Fue Augusto Allué, natural de la ciudad, quien descubrió este tesoro: tras ser vaciada de sus enseres la casa familiar del n.º 46 de la calle Mayor, rescató del desván varias cajas de placas de cristal repletas de instantáneas. En ellas se reflejaban paisajes, calles, casas, plazas, celebraciones y procesiones, que ofrecieron una valiosa panorámica de la vida en Jaca entre los últimos años del siglo XIX y la primera década del XX.
Puerta de San Francisco. Fotografía archivo Campoy Irigoyen (FDPH)
Estas fotografías, que Augusto depositó en la Fototeca de la Diputación Provincial de Huesca, siguen planteando un interrogante fundamental: su autoría. Todo apunta a que podrían haber sido tomadas por Miguel Campoy, casado con Candelaria Irigoyen, un ilustrado farmacéutico que falleció de forma repentina en 1913 y que, además, desempeñó los cargos de teniente de alcalde y concejal-síndico de la ciudad.
Entre los hijos ilustres de Jaca de comienzos del siglo XX figura Germán Beritens Laclaustra, cuya vida y obra merecen ser recordadas no solo en el ámbito de la medicina, donde alcanzó prestigio como oftalmólogo, sino también en el de la fotografía, disciplina en la que dejó una huella significativa como pionero local. Nacido en Jaca en 1877, Beritens cursó estudios de Medicina y Cirugía en la Universidad de Zaragoza, licenciándose en 1900. Abrió enseguida consulta en el número 35 de la calle Mayor de Jaca, donde ejerció como médico–cirujano. En 1907 ya residía en Madrid, dedicado por completo a la especialidad de oftalmología, campo en el que pronto se consolidó como una de las voces más reconocidas de su generación.
Beritens (en el centro) con los hermanos Lacasa. San Juan de Lapeña, 1903. Fotografía Germán Beritens
Su momento de mayor notoriedad se produjo en marzo de 1913, cuando pronunció en el Ateneo de Madrid una conferencia titulada “Aberraciones del Greco”. Ante un auditorio lleno de hombres de ciencia, literatos y críticos de arte, Beritens expuso la tesis de que las figuras alargadas del pintor cretense eran el resultado del astigmatismo que padecía. Con la ayuda de lentes cilíndricas y un aparato de proyecciones, mostró cómo cuadros de Rubens u otros maestros, al deformarse ópticamente, adquirían el aspecto característico de El Greco; y, a la inversa, cómo obras del propio Greco recuperaban su “normalidad” al corregirse la proyección. La conferencia concluyó entre calurosos aplausos y un eco inmediato en la prensa y en las sociedades científicas. Un año más tarde, en 1914, publicó el libro El astigmatismo del Greco, acompañado de fotograbados demostrativos, con el que prolongó un debate que ocuparía a oftalmólogos, críticos y artistas durante décadas. Su prestigio quedó refrendado también por su correspondencia con Santiago Ramón y Cajal, de la que se conservan dos cartas fechadas el 4 de octubre de 1927 y el 11 de diciembre de 1928 en la Biblioteca Nacional, prueba de su inserción en los círculos científicos de mayor relevancia.
Pero junto al médico se halla también el fotógrafo pionero, faceta hoy menos conocida y al que podemos calificar del primer fotógrafo jaqués profesional de la ciudad. En septiembre de 1903, durante la visita de Alfonso XIII a San Juan de la Peña, su nombre quedó ligado a las imágenes publicadas en el diario ABC, donde aparece, en el claustro del monasterio viejo, entre otros fotógrafos que cubrían el viaje. Apenas dos años más tarde, la prensa jacetana daba cuenta de su dedicación a la cámara: en agosto de 1905 El Pirineo Aragonés informaba de que Beritens había reunido una colección de vistas de Jaca con el propósito de editarlas como tarjetas postales, y, por supuesto, venderlas al público, sobre todo “para satisfacción de forasteros que deseaban conservar recuerdo de su estancia en la ciudad”. Un mes más tarde, el mismo periódico mencionaba a los hermanos Lacasa como editores de las nuevas postales, en colaboración con Beritens.
De esa labor han llegado hasta nosotros varias series perfectamente identificadas. La Serie A, Colección Artística, incluye vistas de la Catedral, del Kiosco de la Música en el Paseo de Alfonso XIII y de entradas a dicho paseo entre otras... la Serie B ofrece estampas como la Torre de la Cárcel, la Entrada a la Ciudadela, el Claustro de San Juan de la Peña, el Torreón de la Moneda o la Glorieta de “Buenos Aires”... A ello se suma la insólita colección temática de las catorce Obras de Misericordia publicadas en fototipia por Lacoste (Madrid). Tarjetas postales de 9x14 en las que aparece, junto algún paisaje de Jaca, el propio Beritens como protagonista disfrazado. Su cámara se empleó también en ocasiones concretas, como en las fotografías del terremoto con epicentro en Martes en julio de 1923, o las imágenes que ilustraron crónicas sociales de La Unión en 1907.
Dos de las primeras postales publicitarias de Jaca, 1905. A la izquierda, desde la calle La Luna ( hoy Ramiro I) sin la plaza de La Cadena ( se realizaría en el hueco dejado por un incendio en las dos ultimas casas de la derecha; al fondo la torre de la Cárcel- Reloj con el chapitel modernista colocado en 1903. Derecha fachada sur de la catedral de Jaca.
Así pues, la figura de Beritens no se limita al renombrado oftalmólogo que polemizó sobre El Greco, sino que se amplía al intelectual jaqués polifacético que contribuyó a forjar la memoria visual de su ciudad y de su entorno. Sus postales y fotografías forman parte del patrimonio fotográfico de Aragón y confirman que también desde Jaca se participó con prontitud en aquel “bello arte de la fotografía”, que tanto contribuyó a fijar la identidad y la memoria de un tiempo.
Soldado del 2º Regimiento de infantería Fotografía, A. Lardiés
La ausencia de datos biográficos de Antonio Lardiés hace de él un personaje enigmático dentro de los orígenes de la fotografía en Jaca. Sí puede afirmarse, sin embargo, que, a comienzos del siglo XX, tenía un estudio fotográfico en la ciudad y que se dedicaba de manera profesional al oficio, pues se conservan instantáneas firmadas con su nombre. Sobre todo, alcanzó notoriedad nacional a raíz de un episodio muy concreto: la falsificación de moneda que tuvo lugar en Jaca en 1908. Aquel suceso, conocido popularmente como el escándalo de los tochés o duros jaqueses, ocupó durante semanas las páginas de periódicos locales, provinciales y nacionales, generando un eco informativo inusitado para una ciudad de las dimensiones de Jaca. La singularidad radica en que los grandes medios ilustrados de Madrid, como ABC o Nuevo Mundo, acompañaron la noticia con fotografías realizadas por Lardiés y Laguna.
El hecho de que un fotógrafo de provincias consiguiera que sus imágenes fueran reproducidas en publicaciones de tirada nacional demuestra tanto la relevancia de la causa como la posición de cercanía y confianza que Lardiés había alcanzado en la sociedad jaquesa. Sus fotografías mostraban los objetos intervenidos —los cuños de acero grabados con la efigie de Alfonso XII, las máquinas utilizadas para la fabricación de la moneda y los recortes de plata empleados como materia prima— así como el retrato de grupo de los cinco instructores del juzgado de Jaca responsables del caso, posando con solemnidad entre abogados y fiscales. Hechos que apuntan a la consideración de Lardiés como el único fotógrafo residente en Jaca con capacidad para proporcionar un testimonio visual inmediato y de calidad a los corresponsales de la prensa madrileña.
Primera Comunión. Fotografía de la 1ª comunión. Fotografía A. Lardiés
La importancia de su figura se refuerza con el hallazgo de un par de retratos que llevan su firma y con otra mención documental que permite situarlo en el tejido social jaqués de aquellos años. En 1910, el periódico La Unión lo cita expresamente como fotógrafo domiciliado en Jaca, en el marco de un litigio civil en el que fue demandado por Fermín Díaz Gómez, personaje influyente y acaudalado de la ciudad. Sin embargo, más allá de estas escasas referencias, su rastro se desvanece en la década siguiente, sin que hayamos podido determinar la continuidad de su estudio ni la posterior trayectoria personal o artística. Pero su labor lo sitúa junto a otros nombres de la época, en el reducido grupo de pioneros que contribuyeron a fijar la memoria visual de la ciudad.
Formado en la Academia de Infantería de Toledo, de la que salió graduado en 1900, desarrolló una larga carrera en el cuerpo jurídico militar, con destinos en Zaragoza, Jaca, Mahón y diferentes plazas africanas. Su vinculación con la ciudad pirenaica se consolidó en 1909, cuando, ya destinado en Jaca, contrajo matrimonio en la Catedral con Virginia Abad Escobar.
Más allá de su vida castrense, Dufol fue un apasionado de la fotografía y dedicó a ella una parte muy significativa de su existencia. Dotado de un temprano interés y de una mirada moderna para su tiempo, trabajó con placas de cristal estereoscópicas y otros formatos, consiguiendo imágenes de gran calidad técnica. Su obra abarca un amplio espectro temático: desde paisajes y monumentos hasta escenas militares y retratos familiares. En sus itinerarios vitales retrató África, Baleares, San Sebastián, Biarritz, Mahón, Zaragoza, Toledo y, sobre todo, Jaca y los valles pirenaicos.
Construcción de la línea férrea Jaca-Canfranc. A la izquierda el espectacular viaducto de de San Juan (en honor a la ermita próxima de San Juan de Izuel) en construcción. Para su realización se utilizaron sillares extraídos de la cantera de Cenarbe, bajados con vagonetas y railes hechos para la ocasión. A la derecha sobre una de las vagonetas de "San Juan" personas posan en el túnel de Villanúa. Fotografías de Daniel Dufol, 1915.
En Jaca y en el Pirineo aragonés su cámara recogió escenas fechadas aproximadamente entre 1910 y 1930 de enorme valor documental y estético. Fotografió la estación del ferrocarril y las primeras locomotoras, los automóviles pioneros que comenzaban a circular por las carreteras de montaña, las nuevas centrales eléctricas y el despertar industrial, pero también los paisajes tradicionales de las vegas de los ríos Gas y Aragón, las panorámicas de Peña Oroel y la de los valles y pueblos del Pirineo oscense. Sus imágenes, en las que se conjugan sensibilidad artística y precisión documental, ofrecen un retrato fiel de una sociedad en plena transición hacia la modernidad.
Vistas del Pirineo oscense, 1910- 1920. Fotografías de Daniel Dufol
La amplitud temática de su archivo confirma que su dedicación a la fotografía superó el ámbito del simple aficionado. Su mirada culta, consciente del valor testimonial de la imagen, supo aunar lo cotidiano y lo extraordinario en un mismo discurso visual. En este sentido, Dufol constituye una figura singular que enlaza lo militar y lo cultural, lo local y lo universal, lo íntimo y lo público.
Su legado, hoy parcialmente conservado en la memoria familiar y en publicaciones puntuales como la reseña que sobre él se incluyó en Viajeros y fotógrafos en San Juan de la Peña (1840-1980), merece un estudio más profundo y debería ser objeto de recuperación.
Jesús Bretos Sanz (Huesca, 1885 – Jaca, 1962)
Fotógrafo aficionado. Regentó en Jaca el afamado comercio textil “Almacenes Santa Orosia”, en sociedad con Benito Campo, sito en la confluencia de las calles Zocotín con Bellido. Profesión que compaginó desde la juventud con la verdadera pasión, de toda su vida, la fotografía.
Los porches de la plaza de la catedral de Jaca. Fotografía de Jesús Brezos, 1910-1920.
Esta afición temprana por la fotografía lo sitúa como un “espíritu libre” y amateur, que guardó celosamente sus instantáneas, en su mayoría de temática intimista y familiar. No obstante, existió algún tipo de relación profesional con el oficio, pues de él se conserva lo que era tendencia del momento: la edición de varias tarjetas postales firmadas con su apellido, “Bretos”.
En el canal de abastecimiento de agua potable para Jaca, 1928. Fotografía de Jesús Bretos
Por su temprana ejecución resultan de sumo interés las numerosas aportaciones fotográficas de las calles de Jaca y del ambiente jaqués en las dos primeras décadas del siglo XX. Con posterioridad, con su cámara Jcarette, lente Zeiss Ikon, formato 6X9 al hombro, centró su objetivo en los alrededores de Jaca: el río Aragón, la Cruz de Oroel, Candanchú, la Virgen de la Cueva, Caldearenas, la estación de Canfranc y, en numerosas ocasiones, San Juan de la Peña. Sus instantáneas, llenas de sensibilidad, tanto para captar el paisaje como para reflejar a las personas, en especial la ternura de los niños, llamaron la atención de la prestigiosa revista Aragón que publicó algunas de ellas; Sancho Izquierdo utilizó una para ilustrar su artículo “El monte Oroel” en marzo de 1928. Y su aportación aparece también en la Guía Oficial de Jaca y su Región junto con otros fotógrafos del momento como Francisco de las Heras, Ricardo Compairé Escartín, Joaquín Gil Marraco... publicada por el Sindicato de Iniciativa de Jaca en 1934. Malogradamente muchas fotografías y negativos, que guardaba en depósito, fueron destruidas por el propio autor para no comprometer a algunos conciudadanos tras la Guerra Civil española. En 1940 se trasladó a Madrid donde trabajó en los laboratorios fotográficos KODAK, para volver a Jaca tras la jubilación.
Se formó en Zaragoza hacia 1908 en el taller de Ignacio Coyne, perteneciente a una reconocida saga de fotógrafos. En 1910 decidió instalarse en Jaca, lo que supuso un hito en la historia cultural de la ciudad: treinta y cinco años documentando con su cámara la vida cotidiana, las celebraciones religiosas y los acontecimientos políticos y sociales, dejaron un legado de valor incalculable tanto para la ciudad como para el Pirineo oscense.
Su llegada a Jaca no pasó inadvertida. La prensa local celebraba así la reapertura del gabinete fotográfico de la viuda de Félix Preciado: “Ha abierto de nuevo al público el gabinete que en la casa número 12 de la calle del Obispo tuvo instalado en tiempos, no lejanos, encargándose del mismo el joven fotógrafo de Zaragoza D. Francisco de las Heras, a quien dicha señora ha asociado a sus negocios” (La Unión, 14 de abril de 1910) y del que se independizó año siguientes. Una noticia que no solo informa, sino que proyecta a de las Heras como una figura emergente en la vida cultural jaquesa.
Calle Mayor, 1910-1915 desde las Cuatro esquinas. Fotografía, F. de las Heras.
Desde los primeros años destacó por su iniciativa empresarial. Apenas un año después, en 1911, la prensa valoraba su aportación al incipiente turismo pirenaico: “El fotógrafo de esta ciudad D. Francisco de las Heras nos ha obsequiado galantemente con un ejemplar de las vistas de Jaca y alrededores que acaba de editar. Son de factura completamente nueva y muy original […] constituyen un rico portafolio, que como recuerdo de Jaca adquirirán cuantos viajeros nos visiten”. (La Unión, 23 de febrero de 1911). Esta temprana estrategia de convertir la fotografía en souvenir turístico se concretó en la edición de álbumes y colecciones de postales, concebidos como un verdadero reclamo para los visitantes.
Su versatilidad se manifestó igualmente en el terreno comercial, adaptándose a las necesidades sociales del momento. Así lo evidencian anuncios como el de mayo de 1911: “En obsequio a los niños y niñas de 1.ª Comunión, esta casa hace un gran beneficio a su distinguida clientela: 6 fotografías álbum brillo y una ampliación, 12 pts., y si es en mate, 20 pts.” (La Unión, 4 de mayo de 1911). De las Heras mostraba así una clara conciencia de mercado y una temprana vocación de proximidad con su clientela.
Viendo una parada militar en el Cuartel de los Estudios, 1915-20. Fotografía F. de las Heras
Necesitado de un local mayor que el que disponía en la calle del Obispo, no dudó en mostrar sus trabajos en los escaparates del gran comercio de la ciudad, los Almacenes Costa. Allí fue donde, en 1912, presentó una ampliación de más de 2,20 metros de altura del obispo Antolín López Peláez, calificada de “soberbia” y elogiada en medios como el Heraldo de Aragónpor estar al alcance de pocos. En 1913 anunciaba nuevos álbumes con vistas de Canfranc, de Panticosa y de Jaca, y en 1914, sin complejo alguno, reivindicaba con orgullo la calidad de su trabajo frente a la competencia foránea: “Nada de pomposos anuncios como los que circulan de Barcelona, Madrid y el extranjero; lo que yo ofrezco podéis verlo en los trabajos que me encargan y que expongo al público” (LaUnión, 1914). Una declaración que refleja no solo un espíritu competitivo, sino también una defensa del trabajo provincial frente a los centros urbanos dominantes.
En la cruz de Oroel, 1018. Fofrafía F. de las Heras
La década de 1910 lo consolidó como editor de postales de amplia difusión. En 1916, sus vistas de Canfranc y del viaducto fueron incluso celebradas en una sesión cinematográfica; en 1918 lanzaba nuevas series dedicadas a Ansó, la Foz de Biniés, San Juan de la Peña y Santa Cruz, equiparando su producción a la que podía encontrarse en capitales europeas: “Igual que en Barcelona, que en Madrid, que en París, que en Berlín, que en Pekín, las hay aquí” (La Unión, 1918). En absoluto exageraba Francisco, pues el número de las series conocidas de tarjetas postales comercializadas en cuadernillos de 20 unidades lo incluyen entre los más prolíficos, si no el primero, de Aragón.
De encomiable puede calificarse asimismo la edición confeccionada por él mismo en 1919 de la primera monografía sobre el monasterio de San Juan de la Peña: La Covadonga de Aragón. El real Monasterio de San Juan de la Peña, obra de R. del Arco en la que Francisco incluyó 40 fotografías.
Su consolidación y carrera ascendente culminaron en 1922 con la inauguración de su moderno estudio-taller situado en la calle Mayor de Jaca, perfectamente adaptado a las exigencias del oficio. Desde allí seguiría documentando algunos de los acontecimientos más relevantes de la primera mitad del siglo XX en el Pirineo: el alud que destruyó parte del Balneario de Panticosa (1915), el terremoto que asoló la Canal de Berdún con epicentro en el pueblo de Martes (1923), el incendio de Canfranc (1944), la construcción e inauguración del ferrocarril internacional de Canfranc (1928) o la sublevación republicana de Jaca de 1930. Fotografías que, junto a otras, constituyen fuentes imprescindibles para la memoria histórica de Aragón.
Endemoniada, S. Orosia, 1914. Fotografía de F. de las Heras
Si bien sus colaboraciones fueron frecuentes en los periódicos locales El Pirineo Aragonés y La Unión, su trabajo trascendió al ámbito regional y nacional. Heraldo de Aragón, La Vida en el Campo y la revista Aragón mostraron con frecuencia sus fotografías, destacando las realizadas para el rotativo madrileño ABC en el estudio de la Catedral de Jaca, publicadas en el número extraordinario del domingo 5 de mayo de 1926. Y el monográfico dedicado a Jaca en El Noticiero de Zaragoza del 12 de septiembre de 1925.
Su labor alcanzó también un notable valor antropológico. Entre sus series más conocidas se encuentran las dedicadas a las procesiones de Santa Orosia de los años veinte, testimonio gráfico excepcional de la religiosidad popular, así como las descarnadas imágenes de las «endemoniadas», algunas de ellas tomadas en 1914.
Tras la Guerra Civil su actividad decayó, cediendo progresivamente el negocio a su yerno Primitivo Peñarroya. Aun así, permaneció vinculado a su oficio hasta su fallecimiento en 1950. Su legado en su tiempo fue objeto de reconocimiento, pero también de un olvido relativo, y ha sido recuperado a finales del siglo XX gracias exposiciones y estudios monográficos que han puesto en valor su contribución a la cultura visual pirenaica, como De las Heras. Una mirada al Pirineo. 1910-1945, en el que Fernando Biarge reconoce: “Hombre de su tiempo, De las Heras supo ser cronista, corresponsal, reportero, documentalista, destacado artista, divulgador, promotor y hasta propagandista turístico”.
Una de las 12 colecciones con 20 vistas de postales. En este caso el "portafolio" el dedicado a Santa Orosia
NOTA: Este trabajo se presentó en el aula de la Institución Fernando el Católico de Zaragoza en la VI jornadas sobre la investigación en la Historia de la Fotografía , "Aragón y su patrimonio fotográfico, 1839-1945".
Bibliografía
-ARCO, Ricardo, (1919), La Covadonga de Aragón. El real Monasterio de San Juan de la Peña. Monografía histórico-Arqueológica, Jaca: F. de las Heras.
-BERITENS, Germán (1914), El astigmatismo del Greco, Madrid: Librería de Fernando de Fé.
-ESPINOSA, Noemí, (2010), La fotografía en los fondos de la Hispanic Society of America: Ruth Matilda Anderson: Universidad de Castilla la Mancha, departamento de Historia del Arte.
-HUNTINGTON, Milton, (1898), A Note-Book in Northern Spain: G. P. Putnam’s Sons, Nueva York and London.
-MAIRAL, Valentín (2020), Jaca una ciudad que tuvo murallas. Su historia y derribo, Jaca: El Pirineo.
-MAIRAL Valentín, https://miscosasdejaca.blogspot.com . Fotografías familiares de Daniel Dufol, Jesús Bretos, Germán Beritens, Antonio Lardiés y Francisco de las Heras, 1 de mayo 2025.