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Fotografía de Jesús Bretos |
La
ciudad de Jaca está situada en una elevación bajo la cual discurren tres ríos:
el Aragón, el Gas y el Argent. Los dos primeros son
conocidos; no lo es tanto el riachuelo
que se llamó río d´Argent, barranco de Membrilleras, ya que pasa desapercibido porque fue encauzado y ocultado hasta su desembocadura en el río Gas, junto con sus puentecillos, cuando se
hicieron las nuevas urbanizaciones. Discurría de norte a sur, cercano a la
desaparecida ermita de S. Juan y a tan
solo un tiro de ballesta de las murallas de Jaca.
Esta situación privilegiada, a la salida del paso que abre el río Aragón por los
Pirineos, con abundante agua y amplios llanos para el cultivo, explica el nacimiento de la ciudad en dicho lugar y su
prolongada actividad hasta la
actualidad. Jaca complementaba su defensa natural con unas férreas murallas, construidas en el siglo XI , de un perímetro de 2.312 “varas”, con 23 torreones y 8 puertas, que permanecieron
en pie hasta el 1915.
Foto de F.J. Parcerisas (1844)en la que se aprecia el Portal
de las Monjas (Puerta de S. Ginés) las murallas en pie y el pequeño puentecillo del arroyo de d´ Argent ( Pontarrón de los Frailes)
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El
río Gas nace a unos 10 km. al este de Jaca y desemboca en el río Aragón, pasado Jaca , en
la Botiguera, a unos 5 km. al oeste. El
nombre del río , Gas , siempre me pareció algo extraño, si atendemos al
significado etimológico de la palabra ”gas”. Por un momento, por aquellos caprichos
del destino, casi creí resuelto aquel enigma cuando, allá por los años 70, se realizaron prospecciones petrolíferas justo en el nacimiento del río, y
encontraron un yacimiento con importantes bolsas de gas natural (1978 primera extracción de gas). Pero tan solo fue eso, una mera coincidencia, pues este nombre prerromano, nada tiene que ver con los "gases" de nuestro idioma.
Al río
Gas, hermano menor del Aragón, que para las generaciones actuales no goza del
protagonismo que tuvo en la década de los 60 y 70, es a la que le quiero rendir
este pequeño homenaje. Hoy he pasado
por su orilla derecha y lo he encontrado totalmente irreconocible. La construcción de
un enorme muro ciclópeo, de unos 2 kilómetros de
longitud, que haría las delicias de los arqueólogos si se lo encontraran por
Escocia, ha invadido y destruido de un plumazo toda la orilla ¡Qué barbaridad!
¿Cómo podemos consentir los jacetanos
ponerle semejante corsé al río y privarnos no sólo del disfrute de sus bondades,
sino incluso de sus recuerdos?
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Muro
construido sobre la orilla derecha del río Gas.
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El río Gas, o como lo recuerdo yo, una especie de playa para los habitantes de la
parte oriental de Jaca (Barrio de S. Juan, calle de S. Nicolás, Población, Placeta del Pez, Ferrenal, Las Cambras
etc.) era un lugar donde, los domingos, las familias y la chavalería nos juntábamos
para pasar el día entre sombras de viejos
chopos y “salzeras”, y para bañarnos en un agua relativamente cálida, si la comparábamos
con la del río Aragón. Allí, nuestros
padres, bota de vino en mano, sacaban las fiambreras, ensaladas, tortillas de patata… y
las colocaban para comer sobre una mesa
improvisada, hecha con una manta marrón decorada con un par de rayas blancas, que
nosotros llamábamos de “soldao”, por ser las que utilizaba el ejército, y que
no solían faltar en ninguna casa ya que era una especie de tributo que los mozos se cobraban al finalizar la mili. Era, salvando las distancias, lo más parecido
que yo recuerdo a esa paz y relajamiento
con los que Seurat pintó a sus paisanos parisinos en el cuadro “Tarde de
domingo en la isla de la Grande Jatte”. Con la salvedad de que la semana para nuestros padres seguro que
había sido mucho más dura. Todavía no había llegado la “semana inglesa” y, en
el mejor de los casos, se trabajaba hasta el
sábado a las 13h.
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Foto del Portal de las Monjas y de los caminos que conducían
al río Gas hacia el 1910. Está tomada
desde la curva de la carretera que
conducía a Sabiñánigo, junto al
terraplén de margas azuladas al pie de la Corona de los Cuervos.
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Otra
cosa muy distinta era los días que hacíamos
“facha” (no asistíamos a clase) y lo cambiábamos por bajar al río a bañarnos, cuando llegaba el buen tiempo.
Intentábamos huir del aburrimiento de
aquellas pesadas tardes que
pasábamos en el Grupo Escolar trabajando en los evangelios:
enmarcábamos un cuadrado, en cuyo interior se solía repetir un ojo de Dios,
rodeado a su vez por un triángulo, y
terminábamos copiando, con plumillƒa y a tinta china, el resto del evangelio en la hoja del cuaderno, como si
de los monjes de San Juan de la Peña se tratara.
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“Sopetas” flor blanca de las acacias
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La
bajada al río, por el antiguo camino del Portal de las Monjas o por la actual avenida del Voto de S.
Indalecio, la hacíamos pasando por el Pontarrón de los Frailes, un puentecillo sobre el riachuelo
d´Argent (Membrilleras), cercano al punto donde convergían los dos caminos citados; marchábamos sin
perder de vista los árboles frutales de
la huerta de Galindo, Villa Ramona, los dos cerezos que había en la Corona de los Cuervos,
justo encima de unas margas azuladas de la curva de la carretera de Sabiñánigo, y comiendo todo tipo de frutos silvestres que
nos brindaba la naturaleza que poblaba dicho camino: “sopetas” de las acacias,
arañones, manzanetas, “panetas” o “panecicos”, moras, "chordones", etc. era una forma más de entretenernos,
pero también una manera de aportar energía a unos cuerpos que no “paraban
quietos” ni un momento.
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Cruz albardera (dibujo de Rafael Margalé) |
Tras pasar la huerta de Dámaso y la Cruz Albardera de hiero colocada sobre una base de piedra y un pilón cilíndrico, continuaba
el camino hacia el río por una recta, con el campo de Gastón a la izquierda.
Este nos conducía rectos hacia el puente de La
Lana.
Justo al girar a la izquierda, ya viendo el río, el humo y el
olor de los calderos de los habitantes del puente nos avisaba de que ese
territorio también pertenecía a otros: los gitanos.
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“Panetas” o “panecicos” frutode la “malva sylvestris”
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Las
badinas (así llamamos por Jaca a las pozas de los ríos) más frecuentadas eran
las del Muro, la Bomba y el Cañón. La primera estaba a la derecha del puente de la Lana
y las otras, a la izquierda de dicho puente. La más cercana, la del Cañón, tras
una curva que describía el río, junto a un murete de hormigón en diagonal, era, por así decirlo, la “piscina” de los pequeños o de aquellos que no sabían nadar. La verdadera,
la que cubría, en la que aprendimos a nadar a base de cruzarla buceando, en la
que nos podíamos lanzar de cabeza, en la
que uno no podía fingir que sabía nadar, porque de lo contrario se ahogaba,
era la de la “Bomba” ya que, en su parte
central, podía alcanzar hasta tres metros de profundidad.
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Restos de la” badina”
de La Bomba |
No
recuerdo llevar toalla, ese fue un invento que vino mucho después, con la
nevera y los yogures. ¿Cómo nos secábamos? Pues muy fácil, de la misma forma
que hoy secan los coches en los
túneles de lavado, pero sin echar moneda, “encorriéndonos”, haciendo carreras
al viento y al sol y lanzando piedrecitas planas a la badina para hacer “la
rana”, con el objetivo de conseguir que dicha piedra diera todos los saltos
posibles sobre el agua.
Tampoco
era raro lo de bañarse en pelotas, era mejor eso que llegar a casa con los
calzoncillos mojados y delatarnos ante nuestros padres. Ellos hubieran deducido enseguida dónde habíamos pasado la tarde. Los sábados
ya era otra cosa, bajábamos un poco más equipados, con nuestro kit que
diríamos hoy, y que, por cierto, era muy sencillo: chanclas y bañador (nada de
merienda). El lujo más grande eran las chanclas de plástico blanco que nos permitían andar por el río sin
que se nos clavaran los pies por las piedras, además de evitar los resbalones en esa especie de
musgo verde que nosotros llamábamos “pan de rana”. El bañador era largo, casi nos
llegaba hasta las rodillas, casi siempre azul marino, de tela, (el “meyba” lo
estrenaríamos años más tarde en las
piscinas municipales) y que al mojarse
pesaba tanto, que continuamente nos lo teníamos que estar subiendo.
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“Zapatero” “Guerris Lacustris”
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La
fauna del río no la tuvimos que aprender en ningún libro: barbos, madrillas, cangrejos
americanos de repoblación, sapos, ranas (cabezones y renacuajos), “zapateros”, “helicópteros”, mariposas, culebras, hormigas
rojas, avispas, tábanos etc. Estos tres últimos eran nuestros más encarnizados enemigos. Los tábanos nos picaban
y chupaban la sangre a traición, a lo “somarda”,
en silencio nos apretaban un buen mordisco y aunque con la otra mano los intentábamos chafar, casi siempre era demasiado tarde , esos vampiros ya se habían
cobrado su presa. Las avispas eran más nobles, la oíamos y nos poníamos en
guardia, y, aun así, el que más y el que menos se tuvo que poner barro en la
piel, sobre la inflamación, como remedio
para mitigar el dolor. La mordedura de las
hormigas rojas, menos frecuente, era muy amarga y escocía muchísimo, pero
pronto aprendimos a no dejar la ropa sobre sus hormigueros y a percatarnos de que
no se había colado alguna entre los
pantalones o la camiseta.
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“Helicóptero”: Libélula tigre
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¿Y la flora? Sería excesivamente largo enumerar la cantidad de especies que
poco a poco íbamos grabando en nuestro cerebro, pero voy hacer alusión a las
que más recuerdo asociadas a estas tardes
de río: las ortigas, los dientes de león, los pámpanos, los rosales y la “tabiquera”. A las ortigas les teníamos pánico, ¡cómo
picaban las condenadas!, las reconocíamos al instante, pero siempre había un
momento de despiste y ¡zas! sentíamos una quemazón, un fogonazo, tras el cual uno se quedaba bien amargo. No
sabíamos que en realidad no eran tan malas, pues es la manera que tiene
dicha planta de defenderse. ¿Quién me
iba a decir que esa planta, a la que temíamos tanto, es una verdura comestible?
Está descrita en cualquier manual de supervivencia y, sin ir más lejos, en la guerra de la ex Yugoslavia de 1991-95 sirvió para paliar el hambre de los soldados. ¡Qué
pena no haberlo sabido! El diente de león y su líquido lechoso que empleábamos
para quitarnos las verrugas; los pámpanos que surgen del brote verde y tierno de alguna parra y los tallos tiernos
de los rosales una vez pelados, ambos eran comestibles. La "tabiquera" era una
especie de liana, muy abundante en la orilla del río, muy porosa y con un
agujero en el centro, que una vez seca, la utilizábamos para fumar. Fueron nuestros primeros
cigarros , con los que aprendimos a tragarnos el humo, eso sí, a costa de
soportar en la lengua un fuerte picor que disimulábamos, por aquello de hacernos
el hombre.
Aparte
del baño con aguadillas, de las carreras y de las “pintacodas”, los
entretenimientos más frecuentes eran la pesca con un palo
o caña, hilo coco, corcho, plomos, anzuelo y lombriz, y la captura de ranas. Lo de las ranas lo encontrábamos más divertido porque era un enfrentamiento de pillo a pillo.
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Chavales junto a la curva de la Carretera de Biescas. Justo allí, se encontraba el barranaco de Menmbrilleras entre la huerta de Lisardo y Antonino.(F. Jesús Bretos) |
Las
ranas, al vernos, saltaban al agua, solían esconderse en el “musgo de río”, y era cuestión de esperar a que la nube de
polvo que había hecho en su desplazamiento se aclarara, par cogerlas con la
mano; claro que, de vez en cuando, no se podía evitar que lo que sacáramos fuera una culebra. Al respecto recuerdo la anécdota que me ocurrió
con un señor al que llamaban el "Maño", famoso por su pericia
en este arte de coger ranas, y al que un
día le dije: “Oye, Maño, ¿tú cómo haces
par coger medio saco de ranas cada vez que bajas al río?” Y de forma pausada y con cara seria, me
contestó: “ Mira, “mozé”, yo me pongo la gorra al revés y las tontas de las
ranas piensan que me voy; es en ese momento, justo en ese momento, cuando yo
aprovecho y atrapo con mis manos a las confiadas ranas”. Esa respuesta me hizo dudar, pero pronto
comprendí que su gracia e ingenio era propia de alguien que sabía lo que se
llevaba entre manos y que explicaba de
sobras su éxito en dicha empresa. |
Las
ranas, a pesar de ser un excelente comestible, no las probé nunca
debido a que una vez, al limpiarlas para cocinar en casa de mi vecino Quico Covarrubias, ya sin piel, fui a echarles
la sal y sus músculos se empezaron a mover como impulsados por un motor eléctrico, de tal forma que
parecía que la rana volvía a la vida. Fue tal mi asombro y susto que jamás me
atreví a probarlas.
También, medio en broma y medio en serio, nos
cocinábamos algunos “pesquitos” (madrillas). Para ello, hacíamos una pequeña
hoguera, la rodeábamos con piedras, y, sobre ella, colocábamos una pequeña laja
de piedra, muy fina, encima poníamos los
peces. Así, cuando dicho pez doblaba la cola hacia arriba, sabíamos que ya
estaba listo para llevárnoslo a la boca.
Terminábamos
la tarde repasando algunos cerezos de guindas o picotas, nísperos y avellanos que
se criaban de forma silvestre en el río, además de las ciruelas de la huerta
Canete y de las peras del “buen cristiano” de los campos de la Buena Maison.
También cogíamos algunos pececillos vivos, que
poníamos en el interior de unas latas de conserva roñosas llenas de agua, para llevarlos hasta nuestro acuario particular : la fuente
de la Placeta del Pez. Allí veíamos nadar unas semanas más a esos pececillos a los que cuidábamos echándoles
migas de pan.
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Fuente de la Placeta del Pez. |
Hoy,
cuando he vuelto a pasar por el río
después de tanto tiempo, y he visto ese desdichado “Muro de Adriano”, la mirada se me ha quedado clavada en el puente, en el Puente de la Lana , en lo que representó
en su momento, en cómo fue, en cómo lo vieron mis antepasados , en cómo lo vi, y, por
desgracia, en cómo lo veo ahora. En aras
del progreso perdió su aspecto medieval
y el perfil típico de “lomo de asno” ya
en las primeras décadas del siglo XX.
Foto del Puente de La lana de finales de s.XIX, principios
del XX, con el aspecto medieval y el perfil típico de "lomo de asno"(Ed. F.De las Heras,Jaca).
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Y otras obras posteriores ensancharon el tablero del puente (hacia el
año 1998) para hacer casi imposible ver lo único original que de él ha quedado: la parte inferior de la pila central, el estribo izquierdo y el pequeño arco de la derecha, cubierto por la maleza. Triste destino para el puente que considero más antiguo de Jaca:
Lamentable estado actual del puente de La Lana.
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" En 1404, los jurados y prohombres de Jaca concedieron a los vecinos de Barós licencia de paso libre para sus ganados con la condición de que no obstruyeran el puente" ( mencionado por M. Alvar,en Documentos de Jaca, 1332-1502) y que sigue apareciendo en uso en el "Mapa de Aragón" realizado por Juan Bautista Labaña en 1610 como paso obligado para los habitantes que alcanzaban la ciudad de Jaca procedentes de los cercanos pueblos de Sabiñánigo Pueblo, Sasal, Jarlata, Navasa, Ulle, y Barós.
Pilar original del puente |
Militar a caballo de
principios de siglo XX, sobre el río Gas
, un poco más abajo, junto al puente Zaragoza, en la bajada del Portal de los
Baños.
No se puede decir que los puentes sobre el río Gas hayan tenido buena suerte, y menos consideración, en atención a la utilidad que a los jacetanos han prestado durante siglos. Pues otro tanto podríamos decir del que se encuentra aproximadamente a un kilómetro aguas abajo del puente de la Lana, me estoy refiriendo al Puente de Zaragoza.
Por él pasaba el antiguo camino que iba desde Zaragoza hasta Jaca y también aparece en el mapa que de Aragón realizado por Juan Bautista Labaña. Por allí accedían a la ciudad los habitantes de los lugares hoy despoblados y monasterios que estaban situados en la parte occidental de las faldas de la Peña Oroel: San Salvador de Siete Fuentes, Aín, Larbesa, y probablemente los de Esa, monasterio de San Julián de Esa y Guaso. Para el acceso a los campos que conservan todavía parte de la toponimia de los lugares anteriormente dichos y desaparecidos, se conoce la existencia de dos puentes más. El puente de Pereretas que quedó en estado ruinoso tras una gran riada, el 5 de agosto de 1880, y el de Guaso, que obtuvo de la Diputación Provincial 5000 reales de vellón para su reconstrucción en los años 1866 y 1867.
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Acceso a Jaca por el antiguo puente de Zaragoza |
De cualquiera de las maneras, del puente importante, de ese que se encontraba el caminante tras coronar el puerto de Oroel, y que tras pasar por las ventas de Betrán y Fontazones encaraba la cuesta dejando a la izquierda los antiguos Baños Reales, y a la derecha el mesón de de los Baños para entrar a la ciudad por el portal de del mismo nombre, también parece haber caído en desgracia.
De este viejo puente, nadie dice nada, nadie protesta, parece que también le ha tocado la "lotería", y en aras del "progreso" se le ha costeado un entierro de primera. Es algo a lo que nos tienen acostumbrados en Jaca. Nadie pregunta por la historia de ese puente, a pocos les ha interesado conservar lo que con tanto esmero hicieron y restauraron nuestros antepasados.
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Puente de Zargoza sobre el río Gas (2017) |
Da la sensación que aquí primero se dispara y luego se pregunta. Por este puente pasaron andando, pasaron a caballo, pasaron con tartanas, con carrozas y, en 1860, pasó la primera diligencia que los jacetanos vieron llegar procedente de Zaragoza, tirada por ocho o más cabalerías guiadas por un mayoral, un zagal y un delantero, ante la admiración de todo el vecindario; pues cuentan que, excepto los enfermos, todo el vecindario salió a recibirla a la puerta de los Baños y a la de San Francisco. Aunque, todo hay que decirlo, en uno de aquellos primeros viaje, una de las diligencias volcara al coger la curva del puente sobre el río Gas. Hasta entonces el viejo puente se sentía útil y no necesitó ensanchar su tablero. Poco después, al terminar la nueva carretera por "Matafambres", la que hoy va por Oroel a Zaragoza, obligó a realizar aguas abajo un nuevo puente sobre el río Gas. Así, este nuevo puente, también llamado de "Zaragoza", sustituyó al de la imagen. Desde entonces, aunque abandonado y herido, el viejo puente, más mal que bien, resistió el paso de los años hasta la entrada del siglo XXI. Pero hoy lo han herido de muerte.
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Puente de Guaso sobre el río Gas finales del siglo XIX |