MIS COSAS DE JACA

Estas páginas van destinadas a todas aquellas personas que quieren a su ciudad, como me sucede a mí con la mía, Jaca. Hablaré, pues, de “mis cosas” esperando que alguna de ellas pueda ser también la tuya o, sencillamente, compartas mi afición por “colarme” entre el pequeño hueco que separa la memoria de la historia, lo general de lo particular o lo material de lo inmaterial. Estas “cosas de Jaca” están construidas a base de anécdotas , fotos de ayer y hoy, recuerdos y vivencias mías y de mis paisanos y de alguna que otra curiosidad, que me atrevo a reflexionar en voz alta. No es mi propósito, pues, ocuparme de los grandes temas de los que ya han tratado ilustres autores, es más bien lo contrario: quiero hacer referencia a rincones ocultos, héroes anónimos, huellas olvidadas, sendas por las que ya no se pasa, lugares que fueron un día centro de atención y hoy han sido relegados a la indiferencia, al olvido o al abandono; a unos escenarios donde se sigue representando la misma obra pero con otros actores.
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lunes, 1 de julio de 2024

MONEDA FALSA. LOS “TOCHÉS” O DUROS JAQUESES




                      MONEDA FALSA. LOS “TOCHÉS” O DUROS JAQUESES 



 De estos duros (5 pesetas) de Alfonso XII, de la serie de 1885 se hicieron en Jaca falsificaciones.  Dada su excelente factura el señor Monfort,  perito de la Casa de la Moneda,  los consideró "indetectables para los comunes". 

A lo largo del siglo XIX la falsificación de moneda en España venía siendo un mal endémico para la economía española. No es exagerado afirmar que a principios del siglo XX la sociedad española entró en pánico cuando se conoció que, desde 1876, corrían nada más y nada menos que 19 emisiones (8 de Alfonso XII y 11 de Alfonso XIII) de duros falsificados que, dada su calidad en peso, ley y grabado, pasaban perfectamente por duros verdaderos. Entre ellos, por su valor real en plata y su perfección técnica, los afamados duros sevillanos. La desconfianza en estos duros ilegítimos, equivalentes a cinco pesetas, había llegado a tal punto que muchos trabajadores preferían cobrar en pesetas antes que adquirirlos. Se daba el caso de que en más de un comercio, ante la desconfianza de recibirlos, se negaban a admitirlos. Y no fueron pocos los que, para evitar ser timados, colocaban en su establecimiento un mostrador de mármol para lanzar sobre ellos los duros y asegurarse, bien por el sonido o por la altura del rebote, de la autenticidad de la moneda. Para zanjar esta sangría económica, en 1908 el gobierno de Antonio Maura, a través de su ministro Cayeteno Sánchez Bustillo, adoptó una medida radical: recoger la moneda ilegítima en un plazo de 15 días, entre el 10 y el 24 de agosto. Se trataba de compensar a los que la entregaran con un recibo por valor del precio de mercado de la plata o por otros duros de nuevo cuño. Ardua tarea si tenemos en cuenta que la moneda ilegítima circulante en esos momentos por Madrid rondaba la aterradora cifra del 40 % .




Canje de duros sevillanos en la Casa de la Moneda. Madrid, 1908. Archivo ABC

En la ciudad de Jaca fue el alcalde Manuel Ripa el encargado de recoger los duros ilegales, incluidos los “sevillanos”. Así, a partir de las 11 de la mañana, en la secretaría del Ayuntamiento, se iban acumulando los duros para luego canjearlos en la sucursal del Banco de España de Huesca. Motivo este que, como veremos, fue clave para descubrir la trama de duros falsificados que operaba en Jaca. Una vez hecha la entrega en Huesca, la prensa ( La Unión de 27 de agosto) destacó el hecho de que entre los habitantes de la Montaña había salido el mayor número de duros canjeables. Siendo esto notorio, al alcalde le llamó la atención que entre los duros falsos entregados por los de Jaca se encontraran 21 aportados por la familia Otín-Ferrer, pero por tratarse de una familia acomodada lo pasó por alto. Sin embargo, le resultó altamente sospechoso el hecho de que un modesto funcionario del Ayuntamiento hubiera aportado nada menos que 160 duros falsos o “tochés” (en la actualidad unos 12.000 euros) como se llamaba a los duros ilegales que circulaban por Jaca. Este término era el utilizado en Jaca para referirse a los habitantes de los pueblos cercanos que habitualmente llegaban los viernes al mercado para vender los productos de sus humildes haciendas: “tochés”. 

Con este secreto el señor alcalde subió a Jaca, y rápidamente lo puso en conocimiento del juez Luis Emperador y del comandante de la guardia civil Mariano Bescós, por si en la ciudad pudiera haber alguna ramificación de falsificaciones o acuñaciones clandestinas.

Manuel Ripa Romero, alcalde de Jaca

Y, efectivamente, transcurrida una semana o poco más, el día 3 de septiembre en el periódico La Unión, y el día 5 en El Pirineo Aragonés, respectivamente, saltaba la noticia: "¿DUROS JAQUESES?" y "MONEDA FALSA EN JACA". Para entonces la rumorología había corrido como la pólvora. Hacía ocho días que en Jaca y alrededores no se hablaba de otra cosa. Cábalas, conjeturas sobre la cantidad de moneda requisada, sobre los autores, sobre el tiempo que llevaban circulando los duros falsos, sobre el lugar donde se fabricaban… Mientras tanto, la guardia civil ya había tomado cartas en el asunto, pues con esmerado celo y con sigilo venía vigilando a los sospechosos en turnos de 14 horas e investigando por la noche y a primeras horas de la madrugada para no levantar sospechas. Al tiempo, los falsificadores intentaban deshacerse de los utensilios y monedas que les pudieran inculpar. Para entonces, la casualidad hizo que unos muchachos encontraran en la badina de la “Fermina” (conocida en mi juventud como la “Bomba”, sobre el río Gas, situada a la altura de la Buena Maison, un saco sospechoso. Informada la guardia civil, uno de los guardias se desnudó y se lanzó al agua para salir con el saco de 2 arrobas de peso en el que se hallaron diversos fragmentos de una máquina para falsificar moneda y barras laminadoras y cortadoras con el troquel de discos de Alfonso XII de 1885. Y otra investigación dio como resultado el hallazgo de duros falsos ocultos en el tronco de un árbol junto a la fuente de San Juan (entrada a Prado Largo). 


Badina de la Bomba en el río Gas 


Se había actuado rápido. Ya habían detenido el día 1 de septiembre a tres personas implicadas, todos ellos amigos de juergas y bromas frecuentes: José Aldave, individuo alto, con bigote lacio, funcionario y conserje del macelo, que fue el primer sospechoso, al habérsele rechazado en el canje de monedas en Huesca 160 duros, y del que se recordaba que en mayo ya le habían rechazado cerca de 1000 pesetas en un comercio; Pedro Mainer, alias el “Ratón”, zapatero de profesión, pesador del mercado público y dueño de una casa de huéspedes, al que parecían irle bien los negocios, pues recientemente en subasta de la comandancia carabineros había adquirido un caballo; y Enrique Bayona, alias el “Francés”, nacido en Francia, pero de ascendencia aragonesa, “persona de más posición que el resto”, portaba barba y bigote algo desarreglados, regordete, ancho de cara y con apariencia de buen hombre, regentaba un horno de pan sito en la plaza del Marqués de Lacadena. A ellos se unieron, detenidos al día siguiente, Juan Antonio Gastón Sarto, joven vecino de Ansó y Modesto Villoria, vigilante segundo de la cárcel de Partido de Jaca, por ser amigo de los demás y conocerle intención de facilitarles la fuga. Todos ellos fueron conducidos el día 5 de septiembre a la cárcel de Huesca. Faltaban dos cómplices, presumiblemente fugados a Francia, a los que no se les vio el pelo más: Marcos Braviz y Atanasio Echevarre.

Aparte de alguna que otra contradicción en los interrogatorios, había pruebas tangibles y sospechas fundadas para sus detenciones: recipientes, barras, 120 tochés... En la muralla de la ciudad, pegando al macelo municipal, junto a la calle Castellar, donde vivía Aldave, en un agujero recientemente lavado con yeso, se habían encontrado dos crisoles y una barra troquelada en uno de sus extremos con el busto de un toché o duro falso. Poco a poco se iban atando cabos. En la casa de huéspedes de Mainer, situada enfrente de las Benitas, ya saliendo hacia la carretera de Biescas, se venía hospedando un forastero al que nadie conocía, pero que a más de uno asombró por su virtuosismo grabando multitud de puños de bastón, sables y otros objetos. ¿Sería el grabador de los duros falsos? A Enrique Bayona, el más pudiente económicamente hablando, se le atribuía la aportación, en parte o en su totalidad, del capital necesario para comprar la máquina y para adquirir, junto con Mainer, plata en Barcelona. Y a J. Antonio Gastón, el ansotano,  se le consideraba una pieza clave para dar salida a la moneda fabricada. Además, se habían abierto dos nuevas pistas que situaban a otros colaboradores en el puente de Fanlo y en Barcelona. 

    EN EL PUENTE DE FANLO

Efectivamente, en los interrogatorios había salido a la luz otro punto de acción de la trama en la pardina próxima al llamado puente de Fanlo, sobre el río Gállego, a un par de kilómetros del Hostal de Ipiés, con dos nuevos implicados: León Oliván y Manuel Blasco. En esa pardina, propiedad de los señores de Baranguá, la guardia civil encontró en un subterráneo cubierto por losas, un saco de troqueles, tornillos y herramientas, junto a una máquina de más de 300 kilos, de las llamadas “silenciosas”, de las que se anunciaban por Cataluña para hacer medallas, junto a cuños de acero para fabricar duros de Alfonso XII del año 1885. Al parecer la máquina se la había enviado un grabador de Barcelona a Juan Antonio Gastón de Ansó, este se la pasó a Mainer, para terminar en el matadero municipal de Jaca donde vivía Aldave. Luego, desarmada, la llevaron en la tartana de Marcos Braviz hasta el puente de Notefíes, y desde allí, a la casa de León Oliván, el pardinero del puente de Fanlo, a lomos de los mulos del guarda de monte Manuel Blasco Otín.

Y es que toda precaución era poca, de sobra conocían los falsificadores la regla de oro para evitar la cadena perpetua; pues además de no repetir hábitos y lugares, había que evitar tener en el mismo sitio máquina, prensa, troqueles, cuños y moneda terminada. De esta forma, en caso de ser imputados, la mayoría de las veces los falsificadores se libraban de la cárcel porque podían ser acusados solo de tentativa.

Puente de Fanlo. Publicado en la revista SERRABLO por Salvador López Arruebo,1982

Requisada la máquina y los utensilios por la guardia civil, fueron trasladados del puente de Fanlo a Jaca, donde se procedió a montar las cuatro partes que la componían: el cortadiscos de las planchas de plata, el rebordeador, la máquina de acuñar y la de desvirolar. Se encargaron de ello el perito de la Casa de la Moneda llegado a Jaca, el señor Monfort, con la inestimable ayuda de Juan Compairé, herrero que hacía seis años había forjado la cruz que luce en el monte Oroel. Verificado su perfecto funcionamiento fue expuesta en los juzgados de la calle Mayor de Jaca para espectáculo de curiosos.

Cuños grabados sobre acero
encontrados en la fábrica de Jaca
de Alfonso XIII de 1889.
Fotos, Lardiés Laguna

A pesar de que la primera remesa de duros clandestinos salieron algo borrosos, según afirmó el perito de la Casa de la Moneda, el señor Monfort, las siguientes acuñaciones fueron de excelente factura, y en especial la serie de Alfonso XII, de 1885, pues las consideró “indetectables para los comunes. Tan solo los ojos de un experto podían apreciar, en algunos, y no en todos, algo borroso el cuartel del escudo que lleva el castillo”.

La gente no salía de su asombro.Todo eran sorpresas. La falsificación de moneda, salir de la pobreza a base de ingenio no exento de riesgo, calaba en la población, y, por supuesto, era un motivo para estimular al lector de periódicos. Por si fuera poco, a la prensa local, algo parca en dar detalles, se habían añadido la provincial, la regional y la nacional. Ávidos de noticias, los corresponsales no cesaban de mandar telegramas y pagar conferencias telefónicas para informar a diario. Se estaba a la espera del resultado de las investigaciones hechas en Barcelona de los que se sospechaba fueran los facilitadores de la maquinaria y los “maestros” en el arte de la falsificación de moneda. 


                                             BARCELONA


Así, el día 12 de septiembre, en el tren correo, llegaban a Jaca desde Barcelona unas personas “bien portadas” relacionadas con el caso. Habían viajado incomunicadas y custodiadas por varias parejas de la guardia civil y un sargento. Una vez en Jaca desde la estación se les condujo en coche hasta la cárcel de Partido de Jaca, cuyas inmediaciones se encontraban repletas de gente ansiosa por contemplar de cerca a los detenidos. Se trataba del grabador Jaime GazulI, ya conocido en la ciudad por su misteriosa estancia durante el invierno pasado en la casa de huéspedes de Pedro Mainer, al que se consideraba propietario de la máquina y autor ideológico de la trama. Gazull era un verdadero artista que además debía estar al tanto de los “cebos” que iba incorporando la Casa de la Moneda para dificultar la tarea a los falsificadores. También llegaron Teresa y Rosa GazulI, hermanas del anterior. A Teresa, que llegó enlutada y con el rostro oculto por un velo, “mujer de posición, cosa poco común en el juzgado”, se le consideraba cómplice por cambiar en Barcelona al “Ratón” un troquel nuevo por el que se le había roto. Tras 5 días en prisión se le concedió la libertad provisional sin fianza. Rosa, su hermana, de “unos 33 años, sin implicación en el caso, algo aviejada y de mirar no natural”, había llegado tan solo para cuidar a sus hermanos y darles comida y ropa cuando estuvieran en la cárcel. Junto a ellos, Enrique Molina, platero de la Ciudad Condal que proporcionaba el argento a los jaqueses para la acuñación y Juan Axerías al que se acusaba de haber proporcionado las virolas y los biseles de la maquinaria. Completaba la comitiva barcelonesa el abogado del platero.

 

 Máquinas y recortes de plata encontrados en la fábrica de duros ilegales descubierta en Jaca.
Fotografía de Lardiés y Laguna, fotógrafo de Jaca, publicada en NUEVO MUNDO.  
 

Con la llegada de los catalanes a Jaca se ataban los pocos cabos que quedaban sueltos. Interrogatorios de cinco y seis horas, careos, contradicciones entre uno de los detenidos y su mujer, negando la esposa y afirmando el marido la posesión de una retorta de fundir; el celo del juez Luis Emperador “que desde el miércoles pasado, ni vive, ni sosiega, pasándose en la cárcel casi tantas horas como los detenidos”; las rápidas diligencias de los funcionarios del gobierno civil; y la labor investigadora “digna de todo elogio” que había hecho la guardia civil al mando de su comandante Mariano Bescós iban asentando las pruebas.

Para la investigación resultó de gran ayuda la astucia del inspector Manzanares quien se subió de incógnito en Tardienta en el mismo tren donde, incomunicados y en distintos vagones, venían los de Barcelona. Luego, tras ojear a pasajeros y vagones, el inspector Manzanares se sentó y entabló conversación con el abogado de Enrique Molina haciéndose pasar por un viajante que subía a Jaca por trabajo. De su conversación le interesaron dos datos. La fonda en la que se iba a hospedar y la cita que tenía con con Rosa Gazull, a la que no conocía. Una vez en Jaca, el policía hospedado en la misma fonda, haciéndose pasar por el abogado, recibió a Rosa Gazull que le informó de toda la trama. Manzanares dio cuenta inmediatamente de estas manifestaciones al juez de instrucción y este llamó á Rosa que, a pesar de que al principio negó rotundamente, al verse en presencia del inspector en su verdadero papel, se turbó y acabó por confesarlo todo, repitiendo una por una las declaraciones que ante el inspector había hecho. 

                                                 EL JUICIO

Tras la voluminosa instrucción realizada en el juzgado de Jaca por el juez Emperador, el gobernador civil José Maria Solano, el abogado del estado señor Luna, el teniente fiscal de la Audiencia Provincial de Huesca, Santiago Martínez y el teniente coronel jefe del tercio de la guardia civil, se inició el juicio público en la Audiencia de Huesca el el 22 de junio de 1910, durante ocho sesiones. Para entonces, los implicados llevaban en la cárcel dos años y todavía tenían esperanza de salir absueltos como les había sucedido recientemente a los procesados de Tauste por el mismo motivo de falsificación. La expectación que había generado el juicio fue enorme. Los procesados llegaron en carruajes custodiados por dos parejas de la benemérita para pasar a sentarse en dos bancos; detrás, en sillas, los invitados. Y en la sala, donde no cabía un alfiler, se dictó la sentencia: “Se absuelve a Teresa Gazull, a Enrique Molina, a Juan Axerías y a Modesto Villoria. Y se condena a José Aldave, a Enrique Bayona, a Pedro Mainer, a Manuel Blasco, a Juan Antonio Gastón, a Jaime Gazull y a León Oliván a la pena de cinco años y cuatro meses de prisión correccional, 500 pesetas de multa y accesorías”.


Instructores del caso de moneda falsa del juzgado de Jaca. De izda. a dcha :
De pie: Victoriano Aventín Rived, secretario de actuaciones
 y Victoriano Aventín Vidal, abogado oficial auxiliar.
Sentados: Santiago Martínez, teniente fiscal; Luis Emperador, juez instructor y Benigno Luna, abogado del Estado. 
Fotografía del jaqués, Lardiés y Laguna

Pocos aspectos quedaban por aclarar, pero durante el juicio se disiparon alguna dudas: que la máquina instalada en Jaca se llevó primero a la casa de Mainer y luego a la de Aldave donde se armó e hicieron tres acuñaciones de duros, que luego se repartieron entre ellos; que hubo otra cuarta acuñación hecha en el puente de Fanlo, pero al no haber salido buena, los duros se llevaron al platero de Barcelona quien los volvió a fundir para ser utilizados de nuevo en una quinta acuñación; que tras la detención de Aldave, alarmados, desarmaron la máquina y la enterraron en casa del pardinero del puente de Fanlo; que la máquina comprada por Gazull en Barcelona, por 1125 pesetas, se la vendió a los de Jaca por 2250 pesetas y que la mayor aportación de dinero para comprarla la hizo Mainer

                                              EL INDULTO

A primeras horas de la mañana del 18 de septiembre de 1912, el alcalde Pérez Samitier recibía un telegrama: “Su majestad el rey Alfonso XIII pasará por Jaca camino a Canfranc en riguroso incógnito y con deseo de pasar inadvertido”. A pesar de ello, la noticia corrió como la pólvora y la gente se congregó esperando desde las 11 hasta las 2 del mediodía en le carretera de Francia , entre la puerta de San Francisco y la de Santa Orosia. La única autoridad que salió a recibirlo fue el gobernador militar de la plaza Victor Garrigó. Tras parar la comitiva frente al Hotel Mur, cuando el rey bajó de su auto para dirigirse hacia el camino cubierto de la Ciudadela, se le acercó Paulina Rabal, quien postrándose a sus pies y besando las manos de su Majestad, pidió el indulto para su marido Enrique Bayona, encarcelado en Tarragona. Tras escuchar el rey la petición y los muchos padecimientos que sufría Paulina por tener que mantener ella sola a sus siete hijos, dirigiéndose al general Víctor Garrigó le dijo: “Toma buen nota de los deseos de la petición de Paulina e interésate por ellos”. Y así fue, no habían pasado tres días cuando el general Garrigó haciéndose eco de los “antecedentes muy honrosos” de Enrique Bayona y de la angustia y pesar por la que estaba pasando su familia, remitió con urgencia la petición de indulto a Alfonso XIII. Tres meses después, en diciembre, fue concedido el indulto a los vecinos de la ciudad. Se habían evitado así 10 meses y medio de cárcel. 




lunes, 5 de mayo de 2014

TARDES POR EL RÍO GAS (años 60)






Fotografía de Jesús Bretos
                       
 La ciudad de Jaca está situada en una elevación bajo la cual discurren tres ríos: el Aragón, el Gas y el Argent. Los dos primeros son conocidos; no lo es tanto el riachuelo que se llamó río d´Argent, barranco de Membrilleras, ya que pasa desapercibido  porque fue encauzado y ocultado  hasta su desembocadura en el río  Gas, junto con sus puentecillos, cuando se hicieron las nuevas urbanizaciones. Discurría de norte a sur, cercano a la desaparecida ermita de S. Juan y  a tan solo un tiro de ballesta de las murallas de Jaca.
Esta situación privilegiada, a la salida del paso que abre el río Aragón por los Pirineos, con abundante agua y amplios llanos para el cultivo, explica el nacimiento de la ciudad en dicho lugar y su prolongada  actividad hasta la actualidad. Jaca complementaba  su defensa natural con unas férreas murallas, construidas en el siglo XI , de  un perímetro de 2.312  “varas”, con 23 torreones y 8 puertas,  que permanecieron en pie hasta el 1915.



Foto de F.J. Parcerisas (1844)en la que se aprecia el Portal de las Monjas (Puerta de S. Ginés) las murallas en pie y el pequeño  puentecillo del arroyo de d´ Argent ( Pontarrón de los Frailes)

 El río Gas nace a unos 10 km. al este de Jaca  y desemboca en el río Aragón, pasado Jaca , en la Botiguera, a  unos 5 km. al oeste. El nombre del río , Gas , siempre me pareció algo extraño, si atendemos al significado etimológico de la palabra ”gas”. Por un momento, por aquellos caprichos del destino, casi creí resuelto aquel enigma cuando, allá por  los años 70, se realizaron prospecciones petrolíferas justo en el nacimiento del río, y encontraron un yacimiento con importantes bolsas de gas natural (1978 primera extracción de gas). Pero tan solo fue eso, una mera coincidencia, pues este nombre prerromano, nada tiene que ver con los "gases" de nuestro idioma. 
Al río  Gas, hermano menor del Aragón,  que para las generaciones actuales no goza del protagonismo que tuvo en la década de los 60 y 70, es a la que le quiero rendir este pequeño homenaje. Hoy  he pasado por su orilla derecha y lo he encontrado totalmente irreconocible. La construcción de un enorme muro  ciclópeo, de unos 2 kilómetros de longitud, que haría las delicias de los arqueólogos si se lo encontraran por Escocia, ha invadido y destruido de un plumazo toda la orilla ¡Qué barbaridad!  ¿Cómo podemos consentir los jacetanos ponerle semejante corsé al río y privarnos no sólo del disfrute de sus bondades, sino incluso de sus recuerdos? 


Muro  construido sobre la orilla derecha del río Gas.



     El río Gas, o como lo recuerdo yo, una especie de playa para los habitantes de la parte oriental de Jaca (Barrio de S. Juan, calle de S. Nicolás, Población, Placeta del Pez, Ferrenal, Las Cambras etc.) era un lugar donde, los domingos, las familias y la chavalería nos juntábamos  para pasar el día entre sombras de viejos chopos y “salzeras”, y para bañarnos en un agua relativamente cálida, si la comparábamos con la del río Aragón. Allí, nuestros padres, bota de vino en mano, sacaban  las   fiambreras, ensaladas, tortillas de patata… y las colocaban  para comer sobre una mesa improvisada, hecha con una manta marrón decorada con un par de rayas blancas, que nosotros llamábamos de “soldao”, por ser las que utilizaba el ejército, y que no solían faltar en ninguna casa ya que era una  especie de tributo que los mozos  se cobraban al finalizar la mili. Era, salvando las distancias, lo más parecido que yo recuerdo a esa paz y  relajamiento  con los que Seurat pintó a sus  paisanos parisinos en el cuadro “Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte”. Con la salvedad  de que la semana para nuestros padres seguro que había sido mucho más dura. Todavía no había llegado la “semana inglesa” y, en el mejor de los casos, se trabajaba hasta el  sábado a las 13h. 



Foto del Portal de las Monjas y de los caminos que conducían al río Gas  hacia el 1910. Está tomada desde la curva  de la carretera que conducía a Sabiñánigo,  junto al  terraplén de margas azuladas al pie de la Corona de los Cuervos.

Otra cosa muy distinta era los días que hacíamos “facha” (no asistíamos a clase) y lo cambiábamos por bajar al río  a bañarnos, cuando llegaba el buen tiempo. Intentábamos huir del aburrimiento de  aquellas pesadas tardes que pasábamos en el Grupo Escolar trabajando en los evangelios: enmarcábamos un cuadrado, en cuyo interior se solía repetir un ojo de Dios, rodeado a su  vez por un triángulo, y terminábamos copiando, con plumilla y a tinta china, el resto  del evangelio en la hoja del cuaderno, como si de los monjes de San Juan de la Peña se tratara.






“Sopetas” flor blanca de las acacias

 La bajada al río, por el antiguo camino del Portal de las Monjas  o por la actual avenida del Voto de S. Indalecio,  la hacíamos pasando por el Pontarrón de los Frailes, un puentecillo sobre el riachuelo d´Argent (Membrilleras), cercano al punto donde convergían los dos caminos citados; marchábamos  sin perder de vista los árboles frutales  de la huerta de Galindo, Villa Ramona, los dos cerezos que había en la Corona de los Cuervos, justo encima de unas margas azuladas de la curva de la carretera de Sabiñánigo,  y comiendo todo tipo de frutos silvestres que nos brindaba la naturaleza que poblaba dicho camino: “sopetas” de las acacias, arañones, manzanetas, “panetas” o “panecicos”, moras,  "chordones", etc. era una forma más de entretenernos, pero también una manera de aportar energía a unos cuerpos que no “paraban quietos” ni un momento.
Cruz albardera (dibujo de Rafael Margalé)
Tras pasar la huerta de Dámaso y la Cruz Albardera de hiero colocada sobre una base de piedra y un  pilón cilíndrico, continuaba el camino hacia el río  por una recta, con el campo de Gastón a la izquierda. 


Este nos  conducía rectos hacia el puente de La Lana.
Justo al girar a la izquierda, ya viendo el río, el humo  y  el olor de los calderos de los habitantes del puente nos avisaba de que ese territorio también pertenecía a otros: los gitanos.



 “Panetas” o “panecicos” frutode la “malva sylvestris”

Las badinas (así llamamos por Jaca a las pozas de los ríos) más frecuentadas eran las del Muro, la Bomba y el Cañón. La primera estaba a la derecha del puente de la Lana y las otras, a la izquierda de dicho puente. La más cercana, la del Cañón, tras una curva que describía el río, junto a un murete de hormigón en diagonal, era, por así decirlo, la “piscina” de los pequeños o de aquellos que no sabían nadar. La verdadera, la que cubría, en la que aprendimos a nadar a base de cruzarla buceando, en la que nos  podíamos lanzar  de cabeza, en la que uno no podía fingir que sabía nadar, porque de lo contrario  se  ahogaba, era la de la  “Bomba” ya que, en su parte central, podía alcanzar hasta tres metros de profundidad.
Restos de la” badina”   de La Bomba

No recuerdo llevar toalla, ese fue un invento que vino mucho después, con la nevera y los yogures. ¿Cómo nos secábamos? Pues muy fácil, de la misma forma que hoy secan los coches en los túneles de lavado, pero sin echar moneda, “encorriéndonos”, haciendo carreras al viento y al sol y lanzando piedrecitas planas a la badina para hacer “la rana”, con el objetivo de conseguir que dicha piedra diera todos los saltos posibles  sobre el agua. 
Tampoco era raro lo de bañarse en pelotas, era mejor eso que llegar a casa con los calzoncillos mojados y delatarnos ante nuestros padres. Ellos hubieran deducido enseguida dónde habíamos pasado la tarde. Los sábados ya era otra cosa, bajábamos un poco más equipados, con nuestro kit que diríamos hoy, y que, por cierto, era muy sencillo: chanclas y bañador (nada de merienda). El lujo más grande eran las chanclas de plástico blanco que nos permitían andar por el río sin que se nos clavaran los pies por las piedras, además   de evitar los resbalones en esa especie de musgo verde que nosotros llamábamos “pan de rana”. El bañador era largo, casi nos llegaba hasta las rodillas, casi siempre azul marino, de tela, (el “meyba” lo estrenaríamos  años más tarde en las piscinas municipales) y  que al mojarse pesaba tanto, que continuamente nos lo teníamos que estar subiendo.



“Zapatero” “Guerris Lacustris”
La fauna del río no la tuvimos que aprender en ningún libro: barbos, madrillas, cangrejos americanos de repoblación, sapos, ranas (cabezones y renacuajos), “zapateros”,  “helicópteros”, mariposas, culebras, hormigas rojas, avispas, tábanos etc. Estos tres últimos eran nuestros  más  encarnizados enemigos. Los tábanos nos picaban y chupaban la sangre  a traición, a lo “somarda”, en silencio nos apretaban un buen  mordisco y  aunque con la otra mano los  intentábamos chafar, casi siempre era  demasiado tarde , esos vampiros ya se habían cobrado su presa. Las avispas eran más nobles, la oíamos y nos poníamos en guardia, y, aun así,  el que más  y el que menos se tuvo que poner barro en la piel, sobre la  inflamación, como remedio para mitigar el dolor. La mordedura  de las hormigas rojas, menos frecuente, era muy amarga y escocía muchísimo, pero pronto aprendimos a no dejar la ropa sobre sus hormigueros y a percatarnos de que no  se había colado alguna entre los pantalones o la camiseta.






“Helicóptero”: Libélula tigre
¿Y la flora? Sería excesivamente largo enumerar la cantidad de especies que poco a poco íbamos grabando en nuestro cerebro, pero voy hacer alusión a las que más recuerdo asociadas a  estas tardes de río: las ortigas, los dientes de león, los pámpanos, los rosales  y la  “tabiquera”. A las ortigas les teníamos pánico, ¡cómo picaban las condenadas!, las reconocíamos al instante, pero siempre había un momento de despiste y ¡zas! sentíamos una quemazón, un fogonazo,  tras el cual uno se quedaba bien amargo. No sabíamos que en realidad no eran tan malas, pues es la manera que tiene dicha planta  de defenderse. ¿Quién me iba a decir que esa planta, a la que temíamos tanto, es una verdura comestible? Está descrita en cualquier manual de supervivencia y, sin ir más lejos,  en la guerra de la ex Yugoslavia de 1991-95  sirvió para paliar el hambre de los soldados. ¡Qué pena no haberlo sabido! El diente de león y su líquido lechoso que empleábamos para quitarnos las verrugas; los pámpanos que surgen del brote verde  y tierno de alguna parra y los tallos tiernos de los rosales una vez pelados, ambos eran comestibles. La "tabiquera" era una especie de liana, muy abundante en la orilla del río, muy porosa y con un agujero en el centro, que una vez seca,  la utilizábamos para fumar. Fueron nuestros primeros cigarros , con los que aprendimos a tragarnos el humo, eso sí, a costa de soportar en la lengua un fuerte picor que disimulábamos, por aquello de hacernos  el hombre.
Aparte del baño con aguadillas, de las carreras y de las “pintacodas”, los entretenimientos más frecuentes eran la pesca  con un palo  o caña, hilo coco, corcho, plomos, anzuelo y lombriz,  y la captura de ranas. Lo de las ranas lo encontrábamos más divertido porque era un enfrentamiento de pillo a pillo.
Chavales junto a la curva de la Carretera de Biescas. Justo allí, se encontraba el barranaco de Menmbrilleras entre la huerta de Lisardo y Antonino.(F. Jesús Bretos)


Las ranas, al vernos, saltaban al agua, solían esconderse en el “musgo  de río”,  y era cuestión de esperar a que la nube de polvo que había hecho en su desplazamiento se aclarara, par cogerlas con la mano; claro que, de vez en cuando, no se podía evitar que lo que sacáramos  fuera una culebra. Al respecto recuerdo la anécdota que me ocurrió  con un señor  al que llamaban el "Maño", famoso por su pericia en este arte de coger ranas, y  al que un día le dije: “Oye,  Maño, ¿tú cómo haces par coger medio saco de ranas cada vez que bajas al río?”  Y de forma pausada y con cara seria, me contestó: “ Mira, “mozé”, yo me pongo la gorra al revés y las tontas de las ranas piensan que me voy; es en ese momento, justo en ese momento, cuando yo aprovecho y atrapo con mis manos  a las  confiadas ranas”.  Esa respuesta me hizo dudar, pero pronto comprendí que su gracia e ingenio era propia de alguien que sabía lo que se llevaba entre manos y  que explicaba de sobras su éxito en dicha empresa. 


Las ranas, a  pesar de ser un  excelente comestible, no las probé nunca debido a que una vez, al limpiarlas para cocinar en casa de mi vecino Quico Covarrubias, ya sin piel, fui a echarles la sal y  sus músculos se empezaron  a mover como impulsados  por un motor eléctrico, de tal forma que parecía que la rana volvía a la vida. Fue tal mi asombro y susto que jamás me atreví a probarlas.
También, medio en broma y medio en serio, nos cocinábamos algunos “pesquitos” (madrillas). Para ello, hacíamos una pequeña hoguera, la rodeábamos con piedras, y, sobre ella, colocábamos una pequeña laja de piedra, muy fina, encima poníamos  los peces. Así, cuando dicho pez doblaba la cola hacia arriba, sabíamos que ya estaba listo para llevárnoslo a la boca.

Terminábamos la tarde repasando algunos cerezos de guindas o picotas, nísperos y avellanos que  se criaban de forma silvestre en el río, además de las ciruelas de la huerta Canete y de las peras del “buen cristiano” de los campos de la Buena Maison. 
 También cogíamos algunos pececillos vivos, que poníamos en el interior de unas latas de conserva roñosas  llenas de agua, para llevarlos   hasta nuestro acuario particular : la fuente de la Placeta del Pez.  Allí  veíamos nadar unas semanas más  a esos pececillos a los que cuidábamos echándoles migas de pan.
Fuente de la Placeta del Pez.


Hoy, cuando he  vuelto a pasar por el río después de tanto tiempo, y he visto ese desdichado “Muro de Adriano”, la  mirada se me ha  quedado clavada en el puente, en el Puente de la Lana ,  en  lo que representó en su momento, en cómo fue, en  cómo lo vieron mis antepasados , en cómo lo vi,  y,  por desgracia, en cómo lo veo ahora.  En aras del progreso perdió su  aspecto medieval y el perfil típico de “lomo de asno” ya  en las primeras décadas del siglo XX. 
 




Foto del Puente de La lana de finales de s.XIX, principios del XX, con el aspecto medieval y el perfil típico de "lomo de asno"(Ed. F.De las Heras,Jaca).

           Y otras obras posteriores ensancharon el tablero del puente (hacia el año 1998)  para hacer casi imposible ver lo único original que de él ha quedado:  la parte inferior de la pila central, el estribo izquierdo y el pequeño arco de la derecha, cubierto por la maleza. Triste destino para el puente que considero más antiguo de Jaca:

Lamentable estado actual del puente de La Lana.

            " En 1404, los jurados y prohombres de Jaca concedieron a los vecinos de Barós licencia de paso libre para sus ganados con la condición de que no obstruyeran el puente" ( mencionado por M. Alvar,en Documentos de Jaca, 1332-1502) y que sigue apareciendo en uso en el "Mapa de Aragón" realizado por Juan Bautista Labaña en 1610 como paso obligado para los habitantes que alcanzaban la ciudad de Jaca procedentes de los cercanos pueblos de Sabiñánigo Pueblo, Sasal, Jarlata, Navasa, Ulle, y Barós. 



                                                 Pilar original del puente 

      



                   
  Militar a caballo  de principios de siglo XX, sobre el río Gas , un poco más abajo, junto al puente Zaragoza, en la bajada del Portal de los Baños.

No se puede decir que los puentes sobre el río Gas hayan tenido buena suerte, y menos consideración, en atención a la utilidad que a los jacetanos han prestado durante siglos. Pues otro tanto podríamos decir del que se encuentra aproximadamente a un kilómetro aguas abajo del puente de la Lana, me estoy refiriendo al Puente de Zaragoza. 
Por él pasaba el antiguo camino que iba desde Zaragoza hasta Jaca y también aparece en el mapa que de Aragón realizado por Juan Bautista Labaña. Por allí accedían a la ciudad los habitantes de los lugares hoy despoblados y monasterios que estaban situados en la parte occidental de las faldas de la Peña Oroel: San Salvador de Siete Fuentes, Aín, Larbesa, y probablemente los de Esa, monasterio de San Julián de Esa y Guaso. Para el acceso a los campos que conservan todavía parte de la toponimia de los lugares anteriormente dichos y desaparecidos, se conoce la existencia de dos puentes más. El puente de Pereretas que quedó en estado ruinoso tras una gran riada, el 5 de agosto de 1880, y el de Guaso, que obtuvo de la Diputación Provincial 5000 reales de vellón para su reconstrucción en los años 1866 y 1867.

Acceso a Jaca por el antiguo puente de Zaragoza

De cualquiera de las maneras, del puente importante, de ese que se encontraba el caminante tras coronar el puerto de Oroel, y que tras pasar por las ventas de Betrán y Fontazones encaraba la cuesta dejando a la izquierda los antiguos Baños Reales, y a la derecha el mesón de de los Baños para entrar a la ciudad por el portal de del mismo nombre, también parece haber caído en desgracia.
De este viejo puente, nadie dice nada, nadie protesta, parece que también le ha tocado la "lotería", y en aras del "progreso" se le ha costeado un entierro de primera. Es algo a lo que nos tienen acostumbrados en Jaca. Nadie pregunta por la historia de ese puente,  a pocos les ha interesado conservar lo que con tanto esmero hicieron  y restauraron nuestros antepasados.
 
Puente de Zargoza sobre el río Gas  (2017) 

Da la sensación que aquí primero se dispara y luego se pregunta. Por este puente pasaron andando, pasaron a caballo, pasaron con tartanas, con carrozas y, en 1860, pasó la primera diligencia que los jacetanos vieron llegar procedente de Zaragoza, tirada por ocho o más cabalerías guiadas por un mayoral, un zagal y un delantero, ante la admiración de todo el vecindario; pues cuentan que, excepto los enfermos, todo el vecindario salió a recibirla a la puerta de los Baños y a la de San Francisco. Aunque, todo hay que decirlo, en uno de aquellos primeros viaje, una de las diligencias volcara al coger la curva del puente sobre el río  Gas. Hasta entonces el viejo puente se sentía útil y no necesitó ensanchar su tablero. Poco después, al terminar la nueva carretera por "Matafambres", la que hoy va por Oroel a Zaragoza, obligó a realizar aguas abajo un nuevo puente sobre el río Gas. Así, este nuevo puente, también llamado de "Zaragoza", sustituyó al de la imagen. Desde entonces, aunque abandonado y herido, el viejo puente, más mal que bien, resistió el paso de los años hasta la entrada del siglo XXI. Pero hoy lo han herido de muerte.  
  
Puente de Guaso sobre el río Gas finales del siglo XIX